Hay historias que no empiezan en una plaza ni en un negocio, sino en una necesidad. La de esta calesita no nació para entretener chicos —aunque eso sea lo que hace desde hace más de un siglo—, sino para resolver un dilema familiar. Don Luis, su dueño original, tuvo que elegir entre trabajar o quedarse en su casa para cuidar a su madre enferma. Y encontró una tercera opción: llevar el trabajo a su hogar.
Así, en la década del 60, tomó una decisión que todavía hoy define la identidad del barrio. Trasladó la calesita —que ya tenía historia propia— al patio de su casa. “Era soltero, vivía con la madre y la tenía que cuidar. Entonces se le ocurrió ponerla acá para poder trabajar sin dejarla sola”, recuerda José Luis, su ahijado, quien hoy está al frente del lugar.
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La calesita, en realidad, ya era vieja cuando llegó a ese patio. Había sido comprada usada en la década de 1920 por el padre de Don Luis, y antes había girado frente a la estación de Floresta y en otras esquinas del barrio. Incluso tuvo una versión que hoy suena casi increíble: funcionaba con un caballo real, que giraba al ritmo de la música.
Con el tiempo llegaron los motores —primero a explosión, después eléctricos—, pero lo esencial no cambió: el ritual de dar vueltas, la ilusión de manejar un caballo o un autito, la emoción de la sortija.
Hoy, esa herencia está en manos de José Luis, que nunca pensó que iba a terminar ahí. “Mi padrino no quería que yo la manejara, quería que los fines de semana saliéramos a pasear como todo el mundo y cerró por un tiempo”, cuenta a TN.
Pero cuando Don Luis murió en 2013, algo se acomodó. La familia decidió reabrirla y el Día del Niño de ese mismo año volvió a girar. “La gente estaba muy contenta de que funcione otra vez”, dice.
No es un negocio en términos clásicos. José Luis lo admite sin vueltas: “Esto es más por el amor a lo que fue él, a lo que quería, que por lo que deja económicamente”. Aunque la plata que entra, sirve. Sobre todo, para mantenerla.
Porque mantenerla es, en el fondo, sostener algo más grande. En ese patio pasaron generaciones enteras. Abuelos que hoy llevan a sus nietos. Padres que señalan un caballo y dicen “yo me subía ahí”. Incluso hay quienes se emocionan al verla girar otra vez. “Si no está la calesita, falta algo”, le dicen los vecinos a José Luis cuando pasan por la puerta.
Mónica, la esposa de José Luis, lo mira enamorada. Ella fue testigo del cambio que significó tomar la responsabilidad para el actual calesitero. “Nunca había pensado que José iba a estar adelante de la calesita. Era tímido, le costaba hablar con la gente. Pero esto lo hizo feliz”, cuenta.
Hay gestos que sobreviven intactos. La sortija, por ejemplo, que sigue despertando competencia entre los chicos. O el caramelo final, una costumbre que inventó Don Luis y que todavía se respeta. “Muchos dan una vuelta solo para buscar el caramelo”, se ríe José Luis.
También hay algo que no se ve, pero está. “Don Luis no se fue nunca. Está siempre con nosotros”, dice el ahijado sin dudar.
En tiempos donde la infancia se juega cada vez más en pantallas, esta calesita resiste desde lo simple: el cuerpo en movimiento, la vuelta compartida, el juego cara a cara.
Ya no vienen tantos chicos grandes como antes, pero siguen llegando los más chicos, incluso los que todavía no caminan. Y cuando se bajan, muchas veces lloran porque no quieren irse.
La calesita abre de martes a domingo, por la tarde. Funciona en la misma casa donde viven José Luis y Mónica. Trabajo y vida, otra vez, mezclados como en el origen.
Y hay una certeza que atraviesa toda la historia: no va a dejar de girar. “No sé si voy a estar yo, pero la calesita va a seguir”, asegura José.




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