A veces, el talento aparece temprano. Tan temprano que ni siquiera hace falta explicarlo: simplemente sucede. Laura Labeyrie todavía era una nena cuando ya la buscaban para hacer tortas. Primero fueron sus hermanos, después las amigas, más tarde los conocidos de la familia. Todos querían “una igual a esa”.
“Todo el tiempo veían cómo les hacía tortas a mis hermanos o amigos y me iban diciendo: ‘quiero una igual a esa’. Yo era chica y ya me ponían a hacer pedidos”, recuerda hoy, más de tres décadas después.
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Lo que para otros era un hobby adolescente, para ella empezaba a convertirse en un lenguaje propio. Mientras muchas chicas de su edad todavía pensaban qué hacer el fin de semana, Laura ya pasaba horas mezclando ingredientes, probando decoraciones y soñando formas nuevas. Sin saberlo, estaba construyendo el camino de una de las pastelerías más reconocidas de Bahía Blanca.
Hoy, sus creaciones se viralizan en redes sociales y sorprenden por el nivel de detalle. Una de las más impactantes fue una torta idéntica a un diploma universitario de la Universidad Nacional del Sur: sellos, firmas, texturas, tipografías y hasta el envejecido del papel reproducido de manera casi perfecta. A simple vista parecía imposible que fuera comestible.
Pero detrás de esas obras hay décadas de oficio, aprendizaje y una obsesión intacta por crear.
Laura cuenta que hubo un momento clave en su vida. Cuando terminó el colegio quería irse a estudiar Arquitectura a Buenos Aires. Sin embargo, su madre le hizo una pregunta que cambió todo.
“Me dijo: ‘vos estás todo el día cocinando, ¿por qué no estudiás cocina?’”, repasa y cuenta que aquella frase quedó resonando.
En aquella época no existían los institutos gastronómicos que abundan hoy. La formación era mucho más limitada y exclusiva. Laura terminó estudiando en la escuela de Alicia Berger y también junto a las monjas suizas de la Hermana Bernarda, una verdadera institución de la cocina argentina. Ahí entendió que aquello iba mucho más allá de una afición.
“La profesionalización fue cuando entré a esas cocinas equipadas, escuché el vocabulario gastronómico, vi la formalidad, las técnicas, las máquinas… y pensé: ‘esto es otra liga’. Me gustó y me quedé”, rememora.
Buenos Aires fue una escuela intensa. Vivió allí durante 10 años, trabajando en gastronomía y perfeccionándose constantemente. Uno de los lugares que marcó su carrera fue el restaurante Bleu Blanc Rouge, del reconocido chef Martín Pitaluga, donde estuvo a cargo de los postres.
Mientras tanto, la pastelería seguía atrapándola cada vez más. “Empecé con cocina y terminé finalmente dedicada solo a la pastelería”, dice.
El regreso a Bahía Blanca no fue parte de un plan maestro. La vida simplemente fue llevándola hacia ahí, en paralelo con la construcción de su familia. Pero el desembarco no fue sencillo. “En Bahía estaba todo por hacerse. Había muy poca gastronomía y costaba muchísimo transmitir lo que uno había aprendido en Buenos Aires”, señala.
Era otra época. No existían Instagram, TikTok ni tutoriales instantáneos. Conseguir materias primas específicas podía ser un desafío enorme y tampoco había demasiados colegas con quienes compartir experiencias.
“Sin redes era todo mucho más difícil. Creo que internet recién empezaba”, compara. Lejos de frustrarse, decidió formar gente. Enseñar, crear equipos y apostar a construir algo distinto.
Con el tiempo, la gastronomía bahiense empezó a transformarse. Y Laura fue parte de ese cambio. “Hace unos 10 o 15 años todo empezó a emerger y después explotó. Hoy ves en redes algo que hacen en Dubái, en Francia o en Buenos Aires y lo podés conocer al instante”, explica.
Ese nuevo mundo también revolucionó la manera de crear. Porque detrás de cada torta hiperrealista hay una mezcla de arte, técnica y tecnología. Laura habla de impresoras con tintas comestibles, papeles de hostia, moldes de silicona, robots de cocina, deshidratadoras y herramientas que hace años parecían ciencia ficción.
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“En la torta del diploma usamos un papel ácimo impreso con colorantes comestibles. Uno carga toda la información y se imprime. Hoy hay muchísimas herramientas que ayudan a lograr trabajos cada vez más perfectos”, detalla.
Sin embargo, aclara que ninguna máquina reemplaza la creatividad. “El proceso creativo para mí es imaginar algo y hacerlo comestible”, advierte. Y ahí está, probablemente, el corazón de todo.
Porque Laura no solo hace tortas. Convierte recuerdos, emociones y momentos importantes en piezas dulces que generan impacto emocional. Un diploma universitario. Una cartera de lujo. Una caja antigua. Un ramo de flores. Un objeto cotidiano transformado en postre.
Cada creación tiene detrás horas de observación, prueba y error. “Hay cosas que salen bárbaro y otras más o menos. Entonces volvés a intentar hasta quedar conforme”, asegura con humildad.
En los años 80 como en la actualidad, Laura sigue encontrando placer en el detalle artesanal. En las terminaciones y en el tiempo lento de hacer algo bien. También aprendió a convivir con el cambio permanente.
“Los cambios son constantes. Antes teníamos una planta cerrada y ahora un local a la calle. Cambiaron los productos, la estética, el logo, la forma de comunicar”, describe.
Instagram hoy ocupa un rol central en el crecimiento de la marca (@lauralabeyriepasteleria). Allí sus trabajos generan miles de reacciones y despiertan asombro, incluso fuera de Bahía Blanca. “Es la gran vidriera actual. Nunca sabés hasta dónde puede llegar lo que hacés”, asegura. Detrás de esa estrategia digital aparece Lucas, el community manager que ayudó a darle una nueva impronta visual a la marca.
Pero más allá de las redes, las tendencias y las nuevas herramientas, hay algo que sigue exactamente igual que cuando era adolescente y hacía tortas para amigas. “El disfrute sigue intacto”, resume en una frase que parece explicar todo.
Porque después de más de 30 años de profesión, Laura sigue teniendo ganas de aprender, probar técnicas nuevas y pasar horas creando en la cocina. Sigue emocionándose con una idea. Sigue buscando información, imaginando. Como aquella chica que todavía no sabía que un día convertiría la pastelería en arte.






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