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Dermatitis atópica: la enfermedad de piel que roba el sueño a miles de argentinos

Columnista invitada l El trastorno no es solo estético: también afecta el descanso, el rendimiento escolar y laboral, y puede acompañar a la persona durante toda la vida. Cuándo consultar y qué hacer para controlarlo.

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Hay una escena que se repite todas las semanas en la consulta: un padre o una madre entra con su hijo en brazos y dice que está brotado, que no para de rascarse, que hace noches que no duerme nadie en la casa. Esa escena tiene nombre: dermatitis atópica, una de las enfermedades de piel más frecuentes —y más subestimadas— de la infancia, que además puede acompañar a la persona durante toda la vida.

Lejos de ser un problema estético o “piel sensible” que se resuelve con cualquier crema, se trata de una enfermedad inflamatoria crónica que combina una barrera cutánea que no funciona bien con un sistema inmune que reacciona de manera exagerada. El resultado es un círculo que se retroalimenta: la piel dañada pica, el paciente se rasca, se sobreinfecta, eso dispara más inflamación y la inflamación daña todavía más la barrera.

Cuando se habla de esta enfermedad, lo primero que aparece en la conversación médica son las lesiones: el enrojecimiento, la descamación, las costras. Pero quienes la padecen saben que el verdadero protagonista es otro: la picazón, muchas veces nocturna, capaz de interrumpir el sueño varias veces por noche. Ahí el impacto se multiplica y se sale de la piel para meterse en el resto de la vida: peor concentración, más irritabilidad, menor rendimiento escolar en los chicos; cansancio crónico y hasta ausentismo laboral en los adultos.

Se estima que la dermatitis atópica afecta a entre el 15% y el 20% de los chicos, y que en cerca del 60% de los casos arranca durante el primer año de vida. En los adultos el panorama cambia: la padece entre el 1% y el 3% de la población, aunque hoy se discute la vieja idea de que “se cura sola” al crecer.

No tiene una causa única. Combina tres piezas que interactúan permanentemente: una barrera cutánea con “grietas” —muchas veces de base genética— que hace que la piel pierda agua con facilidad; un cambio en el microbioma de la piel, con predominio de la bacteria Staphylococcus aureus durante los brotes; y factores ambientales como la calefacción excesiva, el humo de cigarrillo o los baños muy calientes, que terminan de irritar una piel ya vulnerable.

Muchos pacientes pasan años entre los primeros síntomas y el diagnóstico correcto, un retraso que golpea de lleno el descanso, la salud mental y la vida social. Buena parte de esa demora tiene que ver con la automedicación con corticoides en crema, antihistamínicos que son de venta bajo receta y con la consulta tardía al especialista adecuado.

El tratamiento, cuando se aborda de manera integral, se apoya en cinco pilares que funcionan en conjunto:

La enfermedad suele acompañarse de otras condiciones alérgicas, como el asma o la rinitis, en lo que se conoce como “marcha atópica”. Y su costo no siempre se ve a simple vista: un chico que durmió mal por la picazón llega al aula con menos atención y más irritabilidad; en los adultos, el mismo cansancio se traduce en menor productividad.

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En los últimos años el arsenal terapéutico se amplió con tratamientos biológicos y otras terapias dirigidas para los casos moderados a severos que no responden a lo convencional, aunque estos avances no reemplazan a los cinco pilares de base. La dermatitis atópica no es una enfermedad frente a la cual haya que resignarse: bien tratada, permite que los chicos vuelvan a dormir bien y que las familias recuperen la calidad de vida que la enfermedad les fue restando de a poco.

(*) Zaida Troyano. Médica cirujana (MP 31.416/5), especialista en Clínica Médica (MN: 129.453) y en Dermatología (CE 17.223). (@drazaidatroyano).

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