La madre es la única que no canta. Tampoco mira a su hijo a los ojos. Mientras a su alrededor el resto de los personajes de Los ojos del perro siberiano hablan, recuerdan y convierten buena parte de lo que sienten en canciones, ella permanece al margen de la música. Es una adaptación que eligió el lenguaje del musical para contar una novela construida alrededor de lo que una familia calla.“Todos esos ‘no se dice’, este personaje no los puede cantar”, explica Cecilia Miserere, codirectora de la obra. En una puesta donde las canciones permiten decir aquello que las silencios esconden, la madre queda deliberadamente afuera.Antonio Santa Ana publicó la novela en 1994. Con los años, Los ojos del perro siberiano se convirtió en una de esas lecturas escolares que atravesaron a varias generaciones de adolescentes. Desde la mirada de un chico, la historia narra el reencuentro con Ezequiel, su hermano mayor, apartado de la familia después de contraer VIH.Felipe Bou Abdo fue uno de aquellos lectores. “Me la dieron como lectura obligatoria y me la leí en una tarde. Eso no solía suceder con los libros de la escuela”, recuerda sobre una historia que, años después, volvió a encontrarlo del otro lado. Ahora es él quien le pone el cuerpo a Ezequiel, en una interpretación profunda que acompaña su deterioro. Convirtiendo en gestos, respiraciones y silencios aquello que la novela dejaba en palabras.La adaptación también desdobla la mirada desde la que conocimos la historia. Alan Madanes encarna con solidez y sutileza al narrador adulto, que vuelve sobre aquellos años y los observa con la distancia que permite el paso del tiempo. Por su parte, Dante Barbera interpreta con mucha naturalidad al chico que todavía está atravesando esas experiencias. Uno recuerda lo que el otro aún no alcanza a comprender. Entre ambos construyen las dos puntas de una misma memoria.“La historia tuvo que esperar un poco más a Nicolás Sorrivas. El codirector y adaptador leyó la novela en 2001 y quiso llevarla al cine. No pudo. Más de dos décadas después descubrió que aquella historia que no había logrado filmar podía encontrar otro lenguaje: el teatro musical”, comentó Bou Abdo.La elección parece extraña. ¿Cómo hacer cantar una historia que hizo del silencio una de sus herramientas más poderosas?Sorrivas encontró la respuesta dentro del propio libro. “Para mí la obra tiene música”, dice. Bach, María Elena Walsh, Dire Straits: las referencias ya estaban allí. Pero la clave apareció al escribir las piezas musicales: “Las canciones no repiten lo que dice el texto: dicen lo que el texto calla”.Entonces el musical se convierte en una manera de entrar precisamente allí, donde las palabras no alcanzaban.Y la música está viva. Una banda toca en escena en cada función: respira con los actores, acompaña sus silencios y hace que ninguna noche suene igual a la otra.Los personajes se resisten a quedar encerrados en moldes. Ezequiel no podía ser solamente una víctima ni su padre simplemente un discriminador. Fabio Di Tomaso, que con esta obra incursiona por primera vez en el teatro musical, supo encontrar en ese hombre algo más incómodo: un padre equivocado que desde sus mandatos y sus miedos, también cree estar protegiendo a su familia y desde allí construyó un personaje lleno de matices.Maqui Figueroa, que fuera del escenario trabaja acompañando a mujeres en la maternidad y la crianza consciente, tuvo que ponerse en el lugar de una madre que le resultaba casi imposible comprender. “Al tercer ensayo llegué llorando. Decía: ‘No puedo entender cómo una madre echa a su hijo de su casa’”.Maqui tomó esas contradicciones internas para terminar de dar forma a una caracterización contenida y compleja. Sobre el escenario evita mirar a su hijo a los ojos; las plantas se convierten en la excusa para esquivar las conversaciones que debería tener y donde la música permite expresar lo que no se dice, ella elige callar.Y en ese universo aparece también la abuela, interpretada por Adriana Rolla. Sensible, divertida y con carácter, es en las canciones donde Rolla despliega toda su potencia como intérprete y convierte a la abuela en uno de los personajes más entrañables de la puesta.Algo de esa familia parece haberse trasladado también al elenco. Fuera de escena, los actores construyeron un vínculo de humor, confianza y cuidado que creció ensayo tras ensayo. Una complicidad que se siente cuando se encienden las luces, incluso cuando sobre el escenario les toca representar exactamente lo contrario: la distancia.Treinta años también obligan a formular otra pregunta: ¿qué queda hoy de una historia atravesada por el sida en 1994?La medicina avanzó. La información cambió. El VIH ya no significa lo mismo que entonces. La obra, sin embargo, decidió permanecer en aquel año y trasladar la actualización a otro lugar.“El VIH podría ser cualquier otra cosa”, explica Sorrivas. “La sexualidad del personaje, el cuerpo, no importa. Algo que la sociedad mira como diferente.”Por eso una de las canciones lleva la pregunta hacia otro lugar: qué vemos realmente cuando miramos al otro.Y entonces aparece Sacha, el perro siberiano de Ezequiel. Es un títere. Los actores lo saben, el público también. Pero alcanza con verlo moverse durante unos minutos para que el artificio desaparezca. En las manos del titiritero Luciano Mansur, Sacha deja de ser tela y mecanismo. Respira, observa, acompaña. Y termina convirtiéndose en aquello que representa desde las páginas de la novela: una mirada sin miedo, sin prejuicios, incapaz de ver en Ezequiel algo distinto de quien siempre fue.Son los ojos de los demás los que ya no pueden verlo de la misma manera.Treinta años después, la obra musical Los ojos del perro siberiano todavía nos obliga a preguntarnos “¿Cómo mirás cuando mirás?“.
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