Hay un pequeño palito de madera de apenas 17 centímetros que Graciela “Gachi” Caffa lleva con ella cada vez que puede. Perteneció a su abuela, aquella mujer con la que de chica compartía domingos, recetas y horas en la cocina. Con ese mismo palito estiraba las masas de las empanadas y las tartas que después llegaban a la mesa familiar. Más de diez años después de su muerte, Gachi lo convirtió en una especie de amuleto y lo llevó hasta las competencias que la consagraron campeona mundial. Entre aquella nena de cinco años que miraba fascinada cómo su mamá y su abuela transformaban ingredientes en comida y la mujer de 32 años que hoy hizo de la empanada un oficio, hay una historia de familia, esfuerzo y una pasión que empezó mucho antes de los premios.Lee también: Día Mundial de la Empanada: por qué se celebra el 8 de abrilPara Gachi Caffa, la cocina nunca fue solamente el lugar donde se preparaba la comida. Fue, desde que tiene memoria, una forma de estar en familia. Recuerda los aromas de la comida de su mamá, los domingos en la casa de su abuela y esas tardes en las que veía cómo entre las dos podían transformar unos pocos ingredientes en un plato para cinco personas. “La comida y la cocina siempre significaron familia para mí”, cuenta a TN. A los cinco años ya miraba todo con atención y pensaba que algún día quería hacer lo mismo que ellas.Su abuela ocupaba un lugar especial. Era una especie de segunda mamá: Gachi pasaba días en su casa y cocinaban juntas. Allí estaba aquel pequeño palito de madera con el que estiraba las masas de las tartas y las empanadas. No era un utensilio sofisticado ni mucho menos. Era simplemente el que tenía, el que había usado durante toda su vida. Cuando murió, Graciela heredó algunas de sus cosas: platos, vasos, cubiertos, un mate y, entre ellas, ese palito. Más de diez años después, sigue llevándolo a sus competencias.Mucho antes de pensar en un campeonato, Gachi ya había aprendido que cocinar también podía ser una manera de valerse por sí misma. A los 11 años empezó a vender alfajores, pasta frola y lemon pie. No lo hacía solamente para juntar plata: “Había aprendido de mis padres que tener un oficio, trabajar y hacerse responsable de un pedido también era una forma de ayudar en casa”. Su papá tenía tres trabajos y pasaba todo el día afuera; su mamá también trabajaba. Mientras estudiaba gastronomía, Gachi buscaba la manera de pagar parte de sus propios gastos. De hecho, cuando aparecía un pedido grande, la familia entera se convertía en una pequeña cooperativa para cumplirlo. “Me hacía muy feliz cocinar y encima darme cuenta de que podía ayudar a mi familia”, recuerda y agrega: “Nunca fue fácil ni nos sobró nada, por eso valoro tanto que me hayan ayudado a poder estudiar una carrera muy cara”.Las competencias llegaron bastante después. En 2024, casi por curiosidad, Gachi se anotó por primera vez en el Festival Patagónico de la Empanada, en Zapala. Nunca había participado de una competencia y quería experimentar qué se sentía cuando alguien más juzgaba sus preparaciones. Se puso una meta: volver a casa con algún premio.El entusiasmo hizo que llevara de todo. Desde el lugar donde trabajaba la habían apoyado y le habían dado los utensilios que necesitara, pero Gachi terminó abarrotada de cosas y también de preparaciones. Hacía mucho calor, todo era al aire libre y había tiempos de elaboración que no había calculado. Algunas empanadas no llegaron a enfriarse y, cuando llegó el momento de presentar, no pudo cumplir con la cantidad que exigía el reglamento. La ansiedad y la presión le jugaron en contra.Sin embargo, había algo que sí la dejaba conforme: los sabores que había logrado. Sus preparaciones habían sorprendido y eso también fue parte del aprendizaje. Se fue del festival sabiendo que su desempeño no había sido suficiente para conseguir lo que buscaba, pero con una enseñanza que después cambiaría su manera de competir: muchas veces, menos es más.A partir de entonces empezó a mirar de otra manera cada preparación. Menos cantidad, más simpleza, más atención a los procesos y, sobre todo, menos obsesión por el resultado. “La enseñanza más profunda fue enfocarme en el cómo y no en el premio”, resume.En 2025 regresó al Festival Patagónico en un momento completamente distinto de su vida. Hacía apenas dos meses había perdido a su papá y Gachi no tenía ganas de volver a exponerse a nada. Se anotó apenas cuatro días antes del cierre de la inscripción, casi como una excusa para sacar a su mamá de su casa, compartir unos días con ella y con su hermana y volver a estar en familia.Entonces apareció una frase de su padre que todavía conservaba: “La voluntad depende de vos, hija”. Gachi llevó esa frase a Zapala. También llevó las cosas de su papá para decorar el espacio de competencia, la chomba y el cinturón que había usado, su anafe, su guitarra. Y llevó el pequeño palito de su abuela. Esta vez no llegó cargada de utensilios ni con la obsesión de demostrar que podía ganar. Fue con lo indispensable.Y cocinó, pero esta vez, sin pensar demasiado en el resultado. Una de las preparaciones que llevó nació de un encuentro entre su historia y la de su provincia: una empanada de chivo y ñaco que había imaginado pocos días antes, con ingredientes que conocía desde chica y que para ella podían contar algo de Neuquén.El chivito criollo del norte neuquino ocupa el centro de la receta. Graciela se crió comiéndolo en ocasiones especiales y, con los años, conoció también la historia de los crianceros que mantienen la trashumancia, una práctica ancestral de la región. Para ella, ese producto —que tiene denominación de origen— representa buena parte de la identidad gastronómica de la provincia.El ñaco, en cambio, la lleva directamente a su infancia. Recuerda a los hombres que pasaban en bicicleta por su casa vendiendo mote y ñaco. Esa harina de trigo tostado terminó convertida en el ingrediente principal de la masa: quería que su aroma y su textura acompañaran al jugoso relleno de chivo. También sumó vino pinot y piñones de araucaria, otros dos productos que, para ella, forman parte de la identidad neuquina.No buscaba simplemente hacer una buena empanada. Quería que quien la probara pudiera reconocer algo de ese lugar. “Quise captar la identidad gastronómica neuquina que a mí me representa”, explica.La receta funcionó. En aquella edición del Festival Patagónico, Gachi ganó tres de las cuatro categorías y terminó llevando a la competencia algo que había aprendido mucho antes: que cocinar también podía ser una manera de contar una historia. Y esa historia todavía tenía otro destino.La empanada que había nacido en Zapala llegó hasta La Rural, en Buenos Aires, para competir en el Mundial de Pizza y Empanada. Para Gachi, que una preparación creada para representar a Neuquén pudiera llegar hasta el campeonato más importante del mundo ya era un premio en sí mismo. Había elegido cada ingrediente pensando en su provincia y en las personas que estaban detrás de ellos: productores, crianceros y familias que sostienen esas tradiciones.El campeonato terminó dándole mucho más de lo que esperaba: se consagró campeona mundial en dos competencias y, entre una preparación y otra, hubo momentos que quedaron por encima de cualquier resultado. Uno fue cuando vio a su mamá y a su pareja entre el público. Lloró. “Ya había ganado lo más importante: su apoyo incondicional”, recuerda.El otro ocurrió cuando una persona sintió el aroma de la masa de ñaco. No había necesidad de explicar demasiado: ese olor podía contar por sí solo una parte de la historia que Gachi había querido llevar desde Neuquén hasta Buenos Aires.Después de cientos de miles de empanadas, los premios llegaron como consecuencia de un camino que había empezado mucho antes. Los errores, dice, “me enseñaron algo que los trofeos no podían enseñarme: a no darme por vencida, a seguir probando y a desafiarme para encontrar nuevas formas de transmitir lo que siento”.Para ella, la competencia nunca fue realmente contra otros. “Siempre va más allá de una empanada”, dice. Cuando logró conectarse con ese instinto que había tenido desde chica, descubrió que podía disfrutar de compartir sus sabores y llegar a otras personas.Lee también: Pocos lo saben: por qué la empanada tucumana lleva 13 repulgues y cómo hacerla en casa en solo 6 pasosAhora, con dos títulos mundiales y una receta que ya lleva la identidad de su provincia, Gachi se prepara para volver a competir en Tucumán. Pero hay algo que no cambia: entre los utensilios que elige para cada desafío, siempre que puede vuelve a aparecer aquel pequeño palito de madera de su abuela donde todo empezó.
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