España se estremecía y se persignaba. Corrían los días de octubre de 1936. Fusiles en mano algunos ponían los pies en los templos para sus ruegos a Dios mientras otros maldecían los púlpitos y perseguían a curas y creyentes convencidos de que el ateísmo militante era una concepción superior a los dogmas católicos ultramontanos observados como obturadores de los aires revolucionarios surgidos con el derrumbe de la Rusia zarista casi dos décadas atrás.En ambos bandos estaban dispuestos a pasar por las armas a quienes no profesaran las mismas ideas. En las trincheras sabían que días de sangre y espanto correrían como esos aludes salidos de madre: desde el norte de África habían llegado para quedarse los ruidos bélicos del levantamiento nacionalista monárquico y ultra católico de Francisco Franco Bahamonde entonces apenas un general algo novato y de predicamento relativo en las filas del ejército español.Como telón de fondo un belicoso cruce de advertencias tendría lugar en la icónica Universidad de Salamanca un claustro de la España universal que alumbraba sus fuentes culturales más celebradas. Sin embargo en aquellas jornadas primeras de la guerra fratricida desde sus aulas se daría aval a los “nacionales” del alzamiento franquista en la creencia de que vendrían a reparar errores y excesos de la República y a reponer derechos y libertades perdidas en la España de las glorias pretéritas.Aun así Salamanca no dejaba de ser un templo del conocimiento cuya misión seguiría siendo la de alumbrar pensamientos libres y democráticos.Todo pasaría en un día como hoy de hace 90 años cuando el país celebraba el Día de la Hispanidad en virtud de la primera excursión de Colón en suelos americanos. En un soplo la historia cambiaría súbitamente ante el brusco volantazo de dos hombres cruciales. Según algunas fuentes de época ratificadas por historiadores que los sucedieron Miguel de Unamuno intelectual de notorio prestigio en el mundo de las ideas y de la gestión educativa habría tenido días antes un encuentro con Franco quien luego de ser proclamado Generalísimo y jefe de Estado había establecido su Cuartel General y despacho en Salamanca donde Unamuno era rey sin corona por imperio de su mente brillante.En ese cara a cara el rector universitario le manifestaría al caudillo su preocupación por la ejecución el encarcelamiento y las hostilidades continuas hacia personas de su entorno personal y académico. Había cruzado una frontera sin retorno.En aquella jornada celebratoria de la hispanidad en el atril del paraninfo Unamuno hilvanaba las ideas de un discurso en gestación alusivo a la inauguración del año académico. Sin embargo no dejaría pasar por alto las presencias franquistas. A los militantes de ese bando les haría saber sus preocupaciones porque vislumbraba que en España se incubaba un odio trágico a futuro con daños irreparables para la sociedad. De pronto el general José Millán Astray oriundo de Galicia como Franco a paso raudo y con un porte militarista desafiante le saldría al cruce y lanzaría aquello que resonaría en la Humanidad por los tiempos: “¡Viva la muerte! ¡Muera la inteligencia!” gritaría ante el pasmo de buena parte de la academia allí convocada.Los pasillos de ese santuario del saber crujieron ante palabras insolentes; callaron los libros y se derrumbaban bibliotecas seculares. Millán acusaría de “traición” a la intelectualidad allí presente sabedor de que Unamuno le había manifestado sus desacuerdos al jefe militar de la sedición. Quizá por eso recogería el guante arrojado por Millán y desviaría el curso de su oratoria: “Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta pero no convenceréis porque convencer significa persuadir”. Quiso callar la necrofilia de Millán pero sólo desató un incendio en los claustros donde sería agredido.Sin certezas históricas suficientes para un extendido consenso se diría que legionarios y falangistas discípulos de Millán atacarían a golpes a Unamuno quien habría sido rescatado de un virtual linchamiento por Carmen Polo la mismísima esposa de Franco.Una versión cinematográfica del realizador Alejandro Amenábar (el filme “Mientras dure la Guerra”) muestra a la mujer del dictador en ciernes como una heroína salvadora en lo que parece haber sido una interpretación libre de los hechos; en definitiva una recreación cinematográfica ficcional refutada por varios historiadores.Aquel “¡Viva muerte!” de Millán tenía su origen en un lema de la Legión española creada por él mismo cuyas motivaciones tributaban en principio al honor de quienes caían en combate por defender sus convicciones y sus responsabilidades de soldado. Sin embargo en el amanecer de la Guerra Civil en aquella España rota enferma de odios incurables y rencores tribales significaba otra cosa: la muerte física del enemigo el aniquilamiento del disidente. Miguel de Unamuno era un vasco con bien ganada aura de voz autorizada en los claustros: filósofo pensador ensayista una voz del intelecto universal. Por encima de cualquier credo político era rector de esa casa de altos estudios y estaba dando comienzo al curso académico anual a pesar de los dolores de una España partida en dos.La aprobación a Franco se debió a su apresurado apoyo a la insurgencia nacionalista del 18 de julio de 1936 que encendería la chispa de la guerra. Ese acto del cual se arrepentiría a los pocos días tuvo su origen en la desilusión que le causarían los errores y excesos que atribuyó al gobierno republicano como la quema de iglesias y cierta intransigencia en el trato a opositores.Aquello fue un relámpago apenas: al comprobar que Franco no pretendía corregir los tropiezos republicanos sino eliminar el sistema político y cambiar la vida democrática de los españoles como buen intelectual Unamuno desertaría de esas filas y quedaría en una incómoda intemperie entre dos fuegos. Manuel Azaña el presidente de la República lo descalificaría públicamente y a consecuencias del estallido verbal del 12 de octubre en Salamanca Unamuno también sería indeseable en las catacumbas del poder franquista. Pasaría sus últimos días bajo vigilancia militar hasta morir a los 72 años el 31 de diciembre de ese mismo 1936 poco más de dos meses después del cruce con Millán. No moriría en silencio. Antes de irse fulminaría al franquismo naciente por considerarlo una "banda de analfabetos e idiotas". La historia lo recordaría como un emblema de la llamada generación del 98 una camada de intelectuales que se habían rebelado contra el fatalismo español ante la decadencia de los viejos soles del Imperio. Esa camarilla procuraba sobrellevar desde el pensamiento la quiebra moral que había causado en el país la pérdida de la guerra contra Estados Unidos lo que para España significaría más que una derrota militar. Sería la abdicación de sus dominios en los territorios de ultramar de Cuba Puerto Rico y Filipinas.Aquello había ocurrido en 1898 luego de breves escaramuzas militares de apenas un puñado de meses episodio que daría origen a esa generación española de pensadores obstinados que repudiaban la humillación de la derrota ante las tropas jóvenes de la entonces potencia emergente que ya había resuelto su propio suelo las querellas internas con una salvaje guerra fratricida de unionistas y confederados entre 1861 y 1865.La devastadora guerra civil estadounidense sería retratada con ingenuidad por algunas fuentes históricas como una contienda a favor o en contra de la esclavitud cuando en los campos de batalla sembrados con casi un millón de muertos en verdad se había discutido no por cuestiones éticas o morales aunque probablemente también por eso sino que los cañones rugían por la imposición de un modelo de país.Lo que estaba en juego era el norte industrialista apañado por el sistema de acumulación capitalista en expansión y cierta flexibilidad de creencias y valores en detrimento del sur monoproductor algodonero y exportador custodio de tradiciones y una religiosidad mística vecina al fanatismo. Esa era la gran disputa y no el color de piel de las almas errantes a cada lado del campo de batalla. Casi un siglo después España encarnaba un conflicto con aires de familia al vivido en las tierras de la América joven.En este caso simbolizado en sus días primeros en la retórica combativa entre Millán y Unamuno metáfora perfecta de un hispanismo en llamas con una tragedia que asomaba en el horizonte. Y que poetas y autores simbolizarían como un duelo al sol entre las dos Españas: la roja y la negra la republicana progresista a su modo arbitraria y avasallante ante los altares creyentes “rojillos” para los nacionales recalcitrantes. Y la otra España la de las tradiciones a ultranza pro monárquica hincada y en rezo ante los dogmas del catolicismo identificada con el gallo negro de los reñideros y la cruz de hierro de los combates perpetuos vista desde la otra orilla como sinónimo del oscurantismo el atavismo y la mismísima muerte glorificada por Millán Astray.Aquello no les saldría gratis a los españoles. Les costaría casi cuatro años de guerra civil más de 500 mil muertes mutilados y encarcelados. Una dictadura implacable de 40 años. Represión indiscriminada ejecuciones sumarias atraso cultural aislamiento internacional venganzas políticas familias rotas exilios y una diáspora que empobreció la vida comunitaria de los españoles durante una larguísima noche. Si se mira la política española de hoy quizá no sea desatinado decir que hay heridas que aún no han cicatrizado de la mejor manera.


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