Una joven vasca de 32 años dejó todo atrás —familia, amigos, trabajo— para mudarse sola a una aldea casi deshabitada en las montañas de Burgos, donde apenas quedan cuatro vecinos de los más de 600 que alguna vez poblaron el lugar. Jone De La Calle compró por 70.000 euros una casa semiabandonada que ella misma bautizó como su “casa de hadas”, y hoy vive allí con una docena de gatos y cuatro perros rescatados, cumpliendo un sueño que acaricia desde los 13 años. Además de llevar su historia a las redes sociales (IG: elranchodelosgatos), contó cada detalle en el canal de YouTube de Álvaro, creador detrás de Hilux Ventura, un canal dedicado a recorrer la España rural, documentar pueblos abandonados y dar visibilidad a quienes apuestan por la vida en el campo. La entrevista, grabada en la propia casa de Jone y en los senderos del bosque que la rodea, muestra la realidad de una decisión que muchos desean pero pocos se animan a tomar. La conexión con los animales desde la adolescencia Jone sintió un llamado de la naturaleza. Cuenta que desde muy pequeña sintió una atracción difícil de explicar hacia la naturaleza y los animales, en particular hacia los gatos. “Es una llamada que no puedo describir. Es un amor incondicional del gato, de estudiar su mente, de su comportamiento”, relata durante la entrevista. A los 13 años comenzó a rescatar perros, pero pronto descubrió que lo suyo eran los gatos. Con el tiempo, ese impulso se convirtió en oficio. Trabajó como auxiliar de veterinaria en uno de los mayores hospitales veterinarios de su zona y luego dio el salto al emprendimiento: fundó Miauca, un servicio de cuidado de gatos a domicilio que incluía un hotel felino en su anterior vivienda. La idea nació de una necesidad: tenía seis gatos y no encontraba a nadie de confianza que los cuidara cuando necesitaba ausentarse. “Joder, pues ya que yo no me voy a poder ir habitualmente de vacaciones, voy a cuidar yo a los demás”, recordó con una sonrisa. Hasta la fecha, lleva dados en adopción a 86 gatos rescatados. Los doce que conserva se quedaron con ella por historias que los hicieron especiales. Cada uno tiene nombre y personalidad, como Arima, una gata rescatada embarazada que parió en su casa, o Flecha, la última gatita rescatada del año, o Sira. Cuatro años sin luz ni heladera El camino hacia la vida rural no comenzó en Burgos. Antes de comprar su casa actual, la joven vivió cuatro años en una vivienda sin electricidad en el País Vasco, donde cocinaba con un anafe de camping, no tenía heladera ni lavarropas y cargaba el celular con ayuda de placas solares. “Saboreas la vida diferente”, aseguró. Aquella experiencia le enseñó que podía sobrevivir con lo mínimo y, sobre todo, que las incomodidades materiales no pesaban tanto como la insatisfacción de vivir una vida que no le agradaba ni sentía suya. Después pasó dos años en la ciudad, con todas las comodidades, pero la necesidad del campo seguía latente. Quería un lugar donde salir en pijama y caminar directamente hacia el monte, donde sus animales pudieran trepar árboles y correr. Un pueblo de seiscientos habitantes reducido a cuatro vecinos Jone buscaba establecerse en Euskadi, pero los precios la expulsaron. Cuando descubrió esta aldea en la montaña burgalesa, un lugar que ella misma había descartado porque asociaba Castilla y León con “un secarral” (un terreno árido), se encontró con un verde y un bosque que la dejaron sin aliento. La aldea, que alguna vez albergó a más de 600 personas, hoy cuenta con solo cuatro habitantes, todos jubilados. Ella es la más joven. No hay iglesia, ni bar, ni tiendas. El supermercado más cercano queda a 45 minutos en auto. Las casas que rodean la suya cuentan historias de abandono: camas hechas con las sábanas de quien las dejó, espejos donde alguien se miró por última vez, cocinas intactas cubiertas de polvo. Nueve años llevaba la zona deshabitada cuando ella llegó. La plaga detrás del precio de 85.000 euros La vivienda se llama La Cabaña. Cuando la vio por primera vez en un anuncio, canceló la visita por miedo: sentía que estaba por encima de sus posibilidades. Fue en enero de 2026 cuando decidió ir a verla, en un día de nieve y frío, tras confundir la ruta. “Si esto me ha gustado en estas condiciones, cuando haga sol y sea verano será increíble”, pensó. La fachada estaba cubierta de enredaderas, las contraventanas no se podían abrir porque la vegetación las bloqueaba. El precio inicial era de 85.000 euros. Jone regateó por primera vez en su vida y consiguió bajarla a 70.000. Firmó la compra el 28 de abril de 2026. Pero la ilusión duró poco. Al entrar a vivir, descubrió que las vigas de madera estaban devoradas por bichos taladro. Casi se cae del primer piso a la planta baja. Tuvo que romper tabiques, tirar el falso techo y bajar a improvisar su vida entera en la planta baja: cocina, living y dormitorio ocupan ahora un mismo espacio, con una cocina portátil y un armario-jaula para poder barrer sin que tres cachorros le muerdan la escoba. “Tú te compras una casa que llevas muchísimo tiempo buscando, deseando, y la consigues por fin y lo único que quieres es pintar y poner cuadros, todo bonito. Y te encuentras con un percal que dices: ‘Ay, madre mía, voy a vender mi casa por Wallapop’”, contó riendo. Lo que más le dolió fue que el anterior propietario sabía del problema y no se lo dijo. Y su familia, que la aconsejó, la ignoró: “Te lo dije”. La protectora de gatos actualmente se encuentra desempleada, cobrando lo que le corresponde por unos meses. Explica que son tres razones: quería disfrutar de su hogar y de todo lo que le había costado conseguirlo, necesitaba tiempo para llevar adelante la obra fuera de los planes, y estaba mentalmente agotada. “No podía más”, resumió. Su plan es relanzar Miauca en la nueva zona, construir la cartera de clientes desde cero y, cuando la casa lo permita, montar un refugio y hotel de gatos que le dé estabilidad económica para seguir financiando los rescates. Mientras tanto, se anotó para recolectar papas en las cosechas de la zona. Doce gatos, cuatro perros y un paseo diario por el bosque El momento más revelador de la entrevista llega cuando Jone y Álvaro salen a caminar por el monte. Los doce gatos y los cuatro perros los siguen en fila, con una jerarquía establecida: cada animal tiene su posición en la marcha, y si uno se adelanta, el otro lo corrige. “A veces paso por alto estas cosas tan maravillosas de pasear con doce gatos por el monte, porque como para mí es algo tan natural y tan normal, se me olvida que para la gente no lo es”, reflexiona la mujer mientras sube hacia el punto más alto de la montaña, el lugar donde cada tarde se sienta a meditar, a pensar en su proyecto de vida y a tomarse una cerveza contemplando el valle. Jone creo un sistema de silbidos diferentes para comunicarse con sus gatos durante los paseos: señales para avisar de peligros, para llamarlos de vuelta, para marcar el ritmo. Dijo que estudió a fondo el comportamiento de cada uno y sabe quién puede salir al bosque y quién necesita quedarse más cerca de casa. Algunos la acompañaron incluso a los Pirineos y a Picos de Europa. Los miedos ajenos convertidos en propios La familia le preguntaba qué haría sola en un lugar donde “no llega ni la ambulancia”. Su madre le recomendó que no olvidara de peinarse y maquillarse a diario porque cree que la gente en los pueblos se hacen “mayor de repente”. Los amigos insistían en los riesgos. Todo el entorno empujaba en dirección contraria. “Todo el mundo machacando, diciendo: ‘No, no, no’. Pero porque eran sus miedos, no los míos. Y sus miedos los hicieron míos”, explicó Jone con la claridad de quien ya cruzó al otro lado de la decisión. Fue una amiga quien le dio el empujón definitivo: “Tía, si es lo que llevas buscando toda tu puñetera vida, no lo pienses”. El vecino más cercano tardó meses en creer que realmente estaba viviendo sola allí. Ahora le lleva tomates y zucchinis. Los tres vecinos jubilados están “supercontentos” de que alguien joven se haya instalado en la aldea. Un proyecto nacido para los gatos, descubierto para sí misma En lo alto de la montaña, con el atardecer cayendo sobre el valle, Jone hace la confesión más íntima: todo ese cambio de vida empezó por los gatos, no por ella. “Realmente a mí esta vida me gusta, pero todo empezó por y para ellos”, afirmó. Necesitaba espacio para montar un refugio, para seguir rescatando crías de mamadera cada dos horas, para darles la vida que merecían. La casa, el campo, la montaña eran el medio, no el fin. Pero en el camino se encontró a sí misma. En una casa que se llama La Cabaña, en una calle cuyo número le pareció una señal, con una pequeña lámina colgada en el baño que decía “Solo para mujeres fenomenales” y que la hizo llorar. En una publicación de su Instagram escribió: Quien nos quiera que nos quiera así, Salvajes y libres. Siempre arropada por madre naturaleza. En botas de monte. Despeinada. A veces desnuda. Libre de maquillaje. Correr por el bosque con ellos (los gatos) Siempre llena de barro. Pelitos de gato. Con mi locura por bandera. Valiente, el que no corte mi vuelo y se una a el. Hogar, olor palo santo. “Miau” en cada rincón de mi pequeña casa. Verles y sonreír. Volar con cada nuevo sueño como golondrina, a ras de suelo sin llegar a rozar y volver a alzar al cielo, de cenizas a fuego como ave Fenix, siempre resurgir. Quien nos quiera que nos quiera así. Un cachito de mi regalo. ¿Y a ti? ¿Te gustaría vivir así?


Noticia de INFOBAE. Consultá la publicación original para conocer sus actualizaciones.
Leer en INFOBAE ↗
