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A los 50 años se ilusionó con una mujer que parecía elegirlo, pero terminó atrapado en sus silencios

Agustín creía conocer las reglas del amor: las mujeres que lo elegían no le despertaban deseo y las que le gustaban nunca terminaban de quedarse. Hasta que apareció Luciana y volvió a enfrentarlo con una pregunta que llevaba años esquivando: ¿por qué le costaba tanto soltar a quien no lo elegía?

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Hay algo profundamente injusto en el amor: uno puede gustarle a un montón de personas y, aun así, no conseguir el interés de la que desea. ¿Será que por ahí no es?Agustín tenía una teoría sobre las mujeres: las que lo querían no le gustaban y las que le gustaban nunca terminaban de quererlo como él necesitaba. No era una hipótesis científica, aunque tenía suficientes años de investigación como para defenderla en cualquier congreso sobre desastres sentimentales. Había reunido pruebas, testimonios, antecedentes y hasta material de archivo. El problema era que, cada vez que creía haber entendido cómo funcionaba el asunto, aparecía una nueva mujer dispuesta a demostrarle que todavía podía complicarse un poco más.Lee también: Tenía 39 años, nunca había tenido relaciones y una noche cambió todo: “Hasta yo estaba cansada”A los 50 años, Agustín no necesitaba que nadie le explicara cómo era una primera cita. Sabía elegir “una buena pilcha”, detectar una conversación aburrida y distinguir entre una chica que preguntaba por educación y otra que realmente quería conocerlo. Tenía trabajo, amigos, proyectos y una vida que no dependía de nadie. También cargaba con una debilidad secreta: cuando alguien le gustaba de verdad, su extraordinaria capacidad para analizarlo todo empezaba a trabajar en su contra.Podía pasar horas escribiendo sobre las historias de amor de otras personas, encontrarles sentido a los encuentros más improbables y descubrir belleza en las contradicciones ajenas. Pero cuando el asunto era el suyo, bastaba un mensaje sin responder para que su imaginación empezara a producir temporadas completas de una serie que nadie le había pedido.Luciana apareció cuando Agustín estaba intentando convencerse de que ya no tenía ganas de complicarse la vida. Tenía una sonrisa luminosa, una manera de acercarse que despertaba curiosidad y ese “no sé qué” que hace que una persona deje de ser una más entre tantas. No era solamente que le pareciera atractiva. Era la sensación de que por fin podía proyectarse. Y para Agustín, que había conocido mujeres más que interesantes pero con las que no había sentido absolutamente nada, esa posibilidad tenía un valor enorme.Además, Luciana parecía interesada en él. Lo buscaba, le escribía, le preguntaba cómo estaba y encontraba motivos para acercarse. No necesitaba que Agustín organizara cada encuentro; ella tenía iniciativa propia. Durante los primeros días, la relación tuvo esa espontaneidad que él tanto deseaba: las conversaciones se prolongaban, las ganas parecían mutuas y cada encuentro dejaba la promesa de otro.Agustín empezó a sonreír mirando el teléfono. Le molestaba reconocerlo, pero le gustaba esa sensación. Le encantaba que alguien le despertara curiosidad, que una conversación se le quedara dando vueltas en la cabeza, que el día tuviera algún acontecimiento alrededor del cual organizar la ilusión.No estaba enamorado. Todavía no. Pero sí enganchado, que a cierta edad puede ser casi más importante. Porque una cosa era salir con una mujer, y otra encontrar a una que lograra que Agustín realmente tenga ganas de conocerla. Luciana lo había conseguido.Una noche, después de despedirse, Agustín llegó a su casa, dejó las llaves sobre la mesa y miró el celular. Había un mensaje suyo. Sonrió antes de abrirlo. “Qué ridículo”, se dijo en voz alta. Después lo leyó dos veces. La primera, para entender qué decía. La segunda, para disfrutar de que se lo hubiera escrito.No había nada extraordinario en aquel texto. Precisamente por eso le gustó. No necesitaba una demostración de amor ni una promesa a largo plazo. Le alcanzaba con sentir que el entusiasmo no era exclusivamente suyo.Durante un tiempo, Luciana estuvo ahí, en la misma página. Y Agustín se permitió creer que las cosas podrían darse sin tener que empujarlas. Hasta que algo empezó a cambiar. No hubo una pelea memorable ni una frase definitiva. Fue más sutil. Luciana empezó a mostrarse menos disponible, como si algo que antes le salía naturalmente ahora le significara un esfuerzo. La comunicación perdió “chispa”. Los pequeños gestos, esos que al principio nadie necesita pedir, empezaron a desaparecer.Agustín lo notó. “Por supuesto que lo noté. El problema de ser observador es que descubro las señales antes de estar preparado para aceptar lo que significan”. Al principio intentó no darle importancia. “Todos tenemos días complicados”, se repetía. Trabajo, obligaciones, problemas personales y momentos en los que necesitamos estar solos. Agustín no pretendía que Luciana estuviera pendiente de él las veinticuatro horas del día. Ni siquiera le habría gustado eso. Pero necesitaba sentir que ella seguía teniendo ganas de verlo. Reciprocidad. Y ya no estaba tan seguro de que así fuera.Una tarde se descubrió revisando la última conversación. “Estaba triste porque hacía un mes que estaba conociendo a Luciana, que ella me había buscado. Fue toda muy amorosa, muy, muy, muy. Y que de un día para el otro se apagó. Al principio me decía ‘mi amor’ todo el tiempo y estaba con muchas ganas y de repente así. No sabía si escribirle o no. Sabía que no me convenía. Yo, ‘el rey de las estrategias’, estaba perdido”, cuenta con una risa nerviosa. Buscó el momento exacto en el que todo parecía haber cambiado, como si un chat pudiera definir la existencia, como si entre dos líneas pudiera esconderse la explicación de lo que estaba pasando. ¿Había dicho algo inconveniente? ¿Se había mostrado demasiado interesado? ¿Tendría que haber sido más distante? Se detuvo. “No puede ser”, murmuró. Él, que podía aconsejar a un amigo que no perdiera el tiempo con una indecisa, estaba gastando el suyo intentando descifrar a Luciana. La contradicción le habría resultado cómica si no le doliera.Porque Agustín no quería perseguirla. No quería transformarse en esos que mide cada palabra para no asustar al otro. Tampoco quería fingir desinterés cuando sí tenía ganas de verla. Quería que las cosas fueran más sencillas. “Que fluyeran”. Y, sin embargo, cuanto más difícil parecía entender qué estaba pasando, más espacio ocupaba Luciana en sus pensamientos. “Y lo peor era la noche: cuanto más oscurecía llegaba mi infierno”.Había algo irritante en la situación. Agustín no podía afirmar que Luciana lo hubiera engañado, que le hubiera mentido o que hubiera hecho algo imperdonable. No tenía una gran villana a la que culpar ni una escena escandalosa que le permitiera cerrar la historia con dignidad y una frase demoledora. Tenía algo bastante más incómodo: una chica que le había encantado y que, por razones que no terminaba de comprender, parecía estar alejándose. “Lo que mata es el choque repentino de todo a nada”. A veces, lo que más duele no es lo que alguien hace, sino la distancia entre lo que parecía posible y lo que finalmente sucede. Ilusión versus realidad.Agustín empezó a pensar en todas las veces que había estado en una situación parecida. No con mujeres iguales a Luciana, porque cada persona tenía su historia, sus límites y sus maneras de relacionarse. Pero sí con una sensación conocida: esa de estar esperando que algo se definiera. Empezaba a darse cuenta que necesitamos amor de sobra, y no sobras de amor. Y entonces volvió a aparecer Claudia.“Claudia vivía en Miami y pertenecía a esa categoría de minas que nunca terminan de irse del todo”, explica como dando cátedra. Habían compartido una relación intensa, de esas que dejan recuerdos luminosos y otros que mejor archivar en una carpeta inaccesible. Había habido deseo, discusiones, desencuentros y momentos en los que Agustín se había preguntado cómo dos personas podían quererse y hacerse tanto mal al mismo tiempo.Con la distancia, algunas escenas se habían vuelto borrosas. Otras conservaban una nitidez incómoda. “Tengo el talento de recordar lo lindo y borrar lo feo”, dice irónico. Claudia tenía la capacidad de reaparecer en su memoria justo cuando él empezaba a mirar hacia adelante. Bastaba una noticia sobre su vida, un recuerdo inesperado o la fantasía de una conversación pendiente para que el pasado recuperara protagonismo.Agustín sabía que extrañar a alguien no significaba que tuviera que volver. También sabía que una relación podía haber sido importante sin ser buena para él. Pero el corazón no siempre respeta las conclusiones a las que llega la cabeza.Lee también: Tenía 37 años, se enamoró de un médico casado y quedó embarazada: la reacción de él le “partió el corazón”A veces, cuando Luciana se mostraba distante, Agustín pensaba en Claudia. “No porque quisiera recuperar aquella relación, o sí —dice sin querer y sigue para no embarrarla—, no sé. Creo que porque el pasado tiene respuestas conocidas, incluso aunque sean malas”. Agustín ya sabía qué podía esperar de Claudia. En cambio, con Luciana todavía estaba intentando averiguarlo. Y la incertidumbre tenía una forma muy particular de despertar su imaginación. “La peor”. Si pudiéramos entender que también hay paz en no saber.Una noche, mientras se preparaba algo para cenar, se preguntó por qué le costaba tanto aceptar que una mujer pudiera no querer lo mismo que él. No era que creyera que todas debían enamorarse de él. Tenía suficiente experiencia como para saber que la atracción no se negocia y que nadie está obligado a sentir lo que no siente. El problema aparecía cuando él sí sentía algo. Entonces, la falta de reciprocidad dejaba de ser una circunstancia y empezaba a parecer una pregunta sobre su propio valor. “¿No seré suficientemente atractivo? ¿Será que no le resulto interesante? ¿Me falta algo? ¿Qué tienen los demás que consiguen que alguien quiera quedarse sin rogar?” Agustín sabía que esas preguntas eran injustas. También sabía que ninguna respuesta iba a cambiar lo que Luciana sintiera. Pero saberlo no impedía que aparecieran.La paradoja era todavía mayor cuando pensaba en las “candidatas” que sí querían estar con él. Había conocido a una que lo llamaba, lo invitaba a salir y le demostraba un interés que cualquiera habría considerado una bendición. Era atenta, amable y transparente. No jugaba a desaparecer ni lo obligaba a interpretar sus silencios. Si Agustín hubiera elaborado una lista de las cualidades que buscaba en una pareja, ella habría marcado varias casillas. Pero no le gustaba. No tenía deseo de besarla. No esperaba sus mensajes con una sonrisa. No sentía esa curiosidad que lo llevaba a querer descubrir cómo era cuando nadie la miraba.Agustín había intentado convencerse de que tal vez el deseo llegaría con el tiempo. Que quizás estaba demasiado acostumbrado a la intensidad. Que una relación tranquila podía ser más valiosa que una llena de sobresaltos. Todo eso podía ser cierto. Lo que no podía hacer era obligarse a sentir.Una tarde, después de rechazar una nueva invitación, se quedó pensando en aquella injusticia que tanto lo agotaba: la que lo quería no le despertaba nada y la que le despertaba algo no parecía dispuesta a ofrecerle la misma clase de entusiasmo. “¿No podemos intercambiar un poco las ganas?”, dijo, solo en su cocina. Se rió de sí mismo.Si el amor funcionara por intercambio, pensó, ya habría encontrado la manera de organizarlo. Pero no funcionaba así. Y quizá ahí estaba una de las lecciones más difíciles de aceptar: una persona puede ser maravillosa y no ser la que deseamos; alguien puede atraernos muchísimo y no tener la disponibilidad para construir una relación; y ninguna de esas dos cosas convierte a nadie en culpable.El problema empezaba cuando Agustín intentaba resolver “el enigma” a fuerza de voluntad. Con Luciana, por ejemplo, quería que las cosas funcionaran. Le gustaba lo suficiente como para desear una oportunidad. No estaba pidiendo que abandonara su vida ni que le prometiera un futuro que todavía no podía conocer. Pero necesitaba saber si ella también quería intentarlo. Y esa era la pregunta que más le costaba formularse, porque la respuesta podía ser decepcionante.Mientras tanto, su imaginación seguía trabajando. A veces le atribuía a Luciana sentimientos que ella no había expresado. Otras veces interpretaba su distancia como una señal definitiva. Pasaba de la esperanza al desencanto sin que ocurriera nada nuevo, como si necesitara llenar el silencio con alguna explicación. Hasta que un día se cansó. No dejó de gustarle Luciana de repente. Tampoco se despertó una mañana convertido en un hombre insensible, de esos que bloquean un número y siguen con su vida sin mirar atrás. No hubo una mega transformación ni una frase que resolviera todos sus conflictos. Simplemente se cansó de vivir pendiente de una respuesta que no podía fabricar.Entonces empezó a preguntarse algo distinto. No si Luciana lo quería. Ni si debía escribirle o esperar. Se cuestionó si le gustaba la manera en que se sentía dentro de aquel vínculo.La respuesta no fue sencilla. Le gustaba Luciana. Su cercanía, el deseo que le despertaba y la posibilidad de que entre ellos pudiera construirse un futuro. Pero no le gustaba la duda permanente, la energía que consumía tratando de interpretar lo que ella no decía ni la sensación de que debía encontrar la forma de comportarse para que las cosas volvieran a ser como al principio. Quería a la mujer que había conocido, no la tarea de convencerla de que siguiera siendo esa mujer. Y por primera vez pudo distinguir ambas cosas.No sabía qué le pasaba a Luciana. Quizá estaba atravesando un momento difícil. Quizá no estaba preparada para continuar. Quizá sus sentimientos habían cambiado. Quizá ni ella misma tenía una explicación clara. Agustín podía comprender cualquiera de esas posibilidades. Lo que no podía era vivir indefinidamente dentro de ellas. Porque también tenía una vida que merecía atención. Un trabajo que la apasionaba, amigos con los que podía reírse hasta olvidarse del reloj, proyectos que quería concretar y días enteros en los que no necesitaba que nadie confirmara que era “un tipo deseable”.Eso no significaba que dejara de querer enamorarse. Al contrario. Seguía queriendo a alguien a quien tuviera ganas de besar al verla llegar, con quien pudiera charlar durante horas y con quien el deseo no estuviera reñido con la tranquilidad. Quería una relación en la que pudiera ser cariñoso sin sentirse expuesto, expresar sus deseos sin calcular las consecuencias y confiar en que un problema se podía conversar sin que el otro desapareciera. No buscaba una mujer perfecta. Buscaba una dispuesta a estar presente. A construir juntos. Y empezaba a entender que, para encontrarla, no necesitaba dejar de sentir intensamente. Necesitaba dejar de convertir cada desencuentro en una prueba que debía superar.Luciana podía elegirlo o no. Claudia podía seguir siendo un recuerdo importante. La candidata que la quería sin despertar su deseo podía ser una buena persona sin convertirse en su pareja. Ninguna de esas posibilidades decía cuánto valía Agustín.Esa conclusión parecía sencilla cuando la pensaba durante una tarde tranquila. Era más difícil recordarla cuando el teléfono se iluminaba y deseaba que el mensaje fuera de Luciana. Porque sí: todavía quería que le escribiera. Todavía había una parte de él que esperaba.Lo que estaba intentando aprender era algo mucho más difícil: aceptar que podía desear a alguien sin entregarle el poder de decidir cómo se sentía consigo mismo. Podía extrañar sin correr detrás del otro. Podía reconocer que le gustaba sin inventar excusas para su distancia. Podía darle una oportunidad sin convertir esa oportunidad en una obligación de que funcionara. Y podía, llegado el momento, aceptar que no era ahí donde iba a encontrar lo que buscaba.Una noche, después de cenar con unos amigos, Agustín volvió a su casa de buen humor. Había pasado horas riéndose y contando anécdotas. Por un rato, Luciana no había ocupado el centro de su mente. Al llegar, dejó el bolso, se sacó los zapatos y miró el teléfono. No había ningún mensaje suyo. Sintió una pequeña decepción. Una punzada conocida, breve pero real. Después dejó el celular sobre la mesa y fue a lavarse la cara.Esa noche no iba a quedarse despierta intentando descifrar el silencio de Luciana. Y, por primera vez en mucho tiempo, eso no le pareció una manera de distraerse de su vida sentimental. Era su vida.Agustín todavía quería enamorarse. Quería esa electricidad que aparece cuando alguien se acerca y uno desea que el encuentro dure un poco más. Quería el beso que sorprende, la conversación que se alarga y la complicidad que se construye sin necesidad de explicar cada gesto. No estaba dispuesto a renunciar a la pasión para conseguir tranquilidad.Quizá Luciana no fuera con quien iba a descubrirlo. Quizá sí. Todavía no lo sabía. Pero había algo que empezaba a resultarle evidente: no quería pasar los próximos años tratando de ganarse el lugar que deseaba ocupar en la vida de alguien. Quería que ese lugar se construyera entre dos.Lee también: Se conocieron de la forma menos pensada y sus vidas cambiaron para siempre: ella se separó y él volvió a creer en el amorPorque Agustín había pasado demasiado tiempo pensando en las mujeres que se iban, en las que volvían, en las que no le gustaban y en las que le gustaban demasiado. Ahora empezaba a hacerse una pregunta diferente. No quién iba a elegirlo. Sino a quién quería elegir él, de verdad, cuando dejara de confundir la intensidad con la promesa y la incertidumbre con el deseo.Todavía no tiene la respuesta. Pero esta vez no está dispuesto a inventársela para que la historia pudiera continuar. Y esa es la luz al final del camino.–Escribinos y contanos tu historia: amoresverdaderos@artear.com @cynthia.serebrinskyAmores Verdaderos es una serie de historias reales, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas.

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