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Fue uno de los cuatro policías que custodió a Juan Pablo II en Córdoba y todavía conserva un regalo: “Fui bendecido por un santo”

Fabio Bergese fue elegido para integrar el reducido grupo que quedó a cargo de la seguridad del sumo pontífice en 1987. Sin celulares, drones ni tecnología, trabajó durante dos meses junto a la Guardia Suiza y la Policía Federal para preparar el operativo.

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Hay recuerdos que el paso del tiempo no consigue borrar. Para Fabio Bergese, uno de ellos tiene nombre y apellido: Juan Pablo II. En 1987, cuando tenía apenas 21 años y llevaba cuatro dentro de la Policía de Córdoba, nunca imaginó que aquella tarea terminaría convirtiéndose en una de las experiencias más importantes de su vida. Su misión era custodiar al Papa durante su visita a la Argentina, pero con los años entendió que había sido mucho más que un operativo de seguridad.Leé también: El sastre del Papa: quién es el argentino que confeccionó las prendas usadas por León XIV en Lourdes“Me enorgullece poder contar una historia que siempre tuve presente”, dijo Bergese a TN. Y enseguida reconoció que, en aquel momento, no alcanzaba a dimensionar lo que estaba viviendo: “Uno no imagina la envergadura que tiene”.Fabio había ingresado a las fuerzas policiales a los 17 años y para la visita de Juan Pablo II formaba parte de la Dirección General de Inteligencia de la Policía provincial. La preparación comenzó dos o tres meses antes de la llegada del Pontífice y exigió un trabajo minucioso que hoy parece difícil de imaginar. No había celulares, drones ni herramientas digitales. La seguridad se planificaba con papel, lápiz y carpetas.“Fue caminar con una carpeta, investigar toda la Hipólito Yrigoyen desde Patio Olmos hasta la Plaza de España, departamento por departamento, verificando quiénes vivían en cada lugar porque sabíamos que el Papa se quedaba esa noche”, recuerda.La tarea consistía en anticiparse a todo lo que pudiera ocurrir y conocer cada movimiento posible alrededor del recorrido. Había que sacar antecedentes y procurar que durante la presencia del Papa no hubiera personas ajenas a quienes vivían en los edificios de la zona. “Fue un trabajo de hormiga, no teníamos ningún tipo de tecnología”, resume Bergese.La planificación se realizó en conjunto con integrantes de la Guardia Suiza, el servicio secreto del Vaticano y miembros de la Policía Federal que habían llegado dos meses antes a la provincia. Entre todos tenían que establecer cómo sería el operativo y cuáles serían los protocolos para acercarse al Pontífice.Fabio y otro compañero fueron seleccionados para trabajar con dos integrantes de la Federal. Con el tiempo, ese grupo se redujo todavía más: de los 350 policías asignados al operativo, solamente cuatro fueron elegidos para ingresar junto a la Guardia Suiza.Antes de que Juan Pablo II llegara a Córdoba, Bergese y sus compañeros recibieron instrucciones de los miembros de la Guardia Suiza. Tenían que conocer los protocolos, pero también detalles que hacían a la particularidad de custodiar al Pontífice.“Ellos nos dijeron cómo teníamos que manejarnos, qué le gustaba, qué no, cómo había que arrimarse. Era muy distinto porque era una persona con un aura especial”, explica.La responsabilidad también tenía un peso particular. Juan Pablo II había sido víctima de un atentado en el Vaticano y los policías argentinos sabían que cualquier falla podía tener consecuencias enormes.“Nosotros teníamos un peso encima terrible por lo que había pasado en el Vaticano. Acá nos dijeron: no tiene que pasarle nada ni siquiera tiene que haber ni un comentario”, recuerda.Aun así, el vínculo con la Guardia Suiza terminó siendo de confianza. “Se fueron con la boca abierta con nosotros porque también somos profesionales y les dimos a entender que no le iba a pasar nada”, cuenta.Cuando Juan Pablo II llegó a Córdoba, la custodia oficial conformó el primer anillo de seguridad. Una vez que el Papa ingresaba al Arzobispado, la responsabilidad quedaba en manos de los policías que habían sido seleccionados. Allí ocurriría uno de los recuerdos más particulares de Bergese: tuvo que probar la comida del Papa.“Él traía un menú que le habían preparado, arrollados de pollo con papas a la crema, y yo lo probé. Nosotros teníamos que probar porque era la forma de cuidarlo”, relata.Pero hubo otro episodio que quedó especialmente grabado en su memoria. Aquella noche, después de cenar, unas 100.000 personas permanecían afuera del Arzobispado esperando poder ver al Papa. Para Bergese, la situación podía convertirse en un problema de seguridad, pero también encontró una posible solución.“Le aconsejé a los muchachos de la Guardia Suiza que, si podían hablar con Su Santidad, le dijeran que hablara dos palabras a la gente para que se fueran porque querían verlo y escucharlo”, recuerda.La respuesta llegó después de una consulta y Juan Pablo II decidió salir al balcón. “Al rato sale hacia uno de los balcones y después de bendecirlos, dice: ‘Yo sé que a los cordobeses les gusta no dormir, pero esta noche se tienen que ir a dormir porque tenemos la misa al otro día’”.El mensaje funcionó para una parte de la multitud. Muchos se retiraron, mientras otros, los menos, decidieron quedarse igualmente a pasar la noche. El Papa permaneció alrededor de cinco minutos en el balcón y después volvió a descansar. “Me felicitaron y me dijeron: ‘Qué buena idea que tuviste’”, recuerda Bergese.La tarea de custodiar a Juan Pablo II también permitió a Bergese vivir una escena que jamás había imaginado cuando ingresó a la Policía. Esa noche cenó junto al Papa, con sus tres compañeros. También estaba Raúl Primatesta, el arzobispo de Córdoba.El recuerdo que conserva no es el de una figura distante, sino el de un hombre que buscaba compartir la mesa con quienes estaban a su alrededor.“Él, en vez de sentarse en la punta de la mesa, se sentó a un costado y le dijo a Primatesta: ‘Siéntese usted, que es de acá de Córdoba’. Él se sentó con todos y contaba los viajes que había tenido”, relata.Entre esas historias, recuerda que Juan Pablo II contó que había estado en lugares donde las bombas caían cerca.Pero además de compartir un momento tan especial, hay una imagen que quedó presente en la memoria de Fabio: el momento en que pudo estar frente a frente con el Papa.“Yo lo describo como una persona con un aura impresionante, impoluta, con una educación que pocas veces vi, inteligente, que sabía siete idiomas, humilde, simple”, dice. Y agrega: “Vos lo veías y era un hombre alto, polaco, te dabas cuenta de que despedía una energía propia”.Para Bergese, el contraste entre la magnitud de la figura que tenía delante y la naturalidad del encuentro fue difícil de procesar. “Verlo entrar, saludar, tocándote la mano y agradeciéndote de haberlo cuidado, vos quedabas sorprendido”, recuerda.La vez que el policía le tomó la mano y le besó el anillo, todavía está marcada en su memoria. La reacción de Juan Pablo II fue inesperada para él: “Nos dio un abrazo a cada uno de los que estábamos ahí”, cuenta.También recuerda que el Papa bendijo objetos que para él tenían un valor íntimo: una medalla de bautismo de su hija mayor y su alianza de matrimonio.Han pasado 39 años desde aquella visita y Bergese se retiró de la Policía hace ya un tiempo. Se recibió como licenciado en Seguridad Ciudadana y actualmente se desempeña como apoderado en el gremio de la UTA.Sin embargo, aquella experiencia sigue ocupando un lugar central en su vida. “Veo las fotos que tengo en el respaldar de mi cama todas las noches y digo: ‘¿Sos vos, Fabio?’”, cuenta entre risas.También conserva el rosario que Juan Pablo II les regaló: cinco para cada uno de los integrantes de aquel reducido grupo, además de una fotografía autografiada para cada uno.“Fui bendecido por un santo. Ahora a dónde voy no sé, si voy al cielo o dónde, pero ojalá se acuerde de mí”, dice.Con la perspectiva que le dieron los años, Bergese siente que aquella experiencia marcó su vida de una manera que no puede comparar con ningún otro procedimiento en sus más de tres décadas de servicio.“Después de 30 años en la Policía, que he estado en muchos procedimientos, esto del Papa es algo que en mi vida imaginaba. Imaginaba enfrentamientos, procedimientos con delincuentes, pero estar con esta figura...”, reflexiona.“Lo que pasó es irrepetible, para mí ha sido y será el mejor Papa que hubo en la historia, el carisma que tenía ese hombre no lo tiene cualquiera, por algo fue canonizado”, sostiene.Y vuelve a la misma conclusión: “Yo creo que ser santo es el nombre justo que le tenían que poner. Yo no sé cómo es estar con Dios, pero debe ser algo así, tan fuera de contexto”.El recuerdo de Juan Pablo II también se mezcla con el orgullo por el trabajo realizado por la Policía de Córdoba y por el equipo que logró llevar adelante el operativo junto a la Guardia Suiza y la Policía Federal. “Con sus ideas, de la Guardia Suiza, y las nuestras hacíamos un grupo perfecto, era un trabajo en equipo”, destaca.Bergese también reconoce el trabajo de la institución policial y menciona especialmente a Hugo Burciac y Carlos Gianenotti, ambos integrantes de la Policía Federal de Inteligencia que participaron del operativo junto a él. “En esa época era todo a pulmón”, resume.Y finalmente encuentra una frase para explicar lo que significó aquella experiencia. “Me siento realizado”, dice.Después de tantos años, todavía le cuesta ponerlo en palabras: “Es una alegría que no se puede demostrar más que así, contándolo. Va más allá de una emoción profunda, los sentimientos que uno tiene ante semejante personalidad no se pueden describir”.Quizás por eso, cuando recuerda aquella visita, Bergese no habla solamente de un operativo policial. Habla de un encuentro que, para él, llegó casi como un regalo inesperado. “Fue algo tan natural, especial, vino como una bendición”, concluye.

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