Mariana Tuñas recuerda el miedo que sintió antes de entrar al quirófano. Había tomado una decisión que podía cambiar su vida, pero cuando llegó el momento de la cirugía, las dudas volvieron a aparecer. Estaba angustiada, lloraba y su presión arterial había subido. El equipo médico evaluaba si era posible continuar con la intervención. Una vez más, sentía que algo podía hacerla retroceder.Sin embargo, esa vez fue diferente. Después de años de tratamientos e intentos fallidos, había decidido seguir adelante. “Aunque el miedo me paralizara, esta vez me iba a operar igual”, se había prometido. Hoy, a los 42 años, vive en Villa Luzuriaga con sus dos hijos, de 8 y 18 años, y mira hacia atrás con una mezcla de angustia y orgullo. Llegó a pesar 180 kilos, se sometió a un bypass gástrico y actualmente pesa alrededor de 68. Pero su transformación va mucho más allá de la balanza.Leé también: Podía comprarse un departamento, pero gastó US$50 mil para sacarse las costillas: “Quería superar un trauma de la adolescencia”“Muchos años pasé en destrucción, y hace muchos otros estoy en construcción. Hoy estoy a mitad de camino, pero hacia adelante”, resume.Su historia con el peso comenzó durante la primaria. A lo largo de los años probó numerosos tratamientos para adelgazar: pastillas, agujas, semillas e incluso internaciones con dietas de apenas 600 calorías diarias. A veces conseguía bajar, pero después volvía a engordar y recuperaba todavía más kilos. “Con algunas me fue mejor que con otras, pero siempre volvía a engordar y cada vez subía más”, recuerda.Cuando llegó a los 180 kilos, los problemas de presión arterial y otras complicaciones de salud empezaron a condicionar cada vez más su vida. Las dificultades aparecían en situaciones cotidianas: viajar en micro, sentarse en una butaca de cine o encontrar una silla en la que pudiera acomodarse. En una ocasión, terminó sentada en el pasillo de las escaleras porque no pudo entrar en el asiento. Durante un viaje a la Costa, pasó cerca de 400 kilómetros sin poder ir al baño del micro porque no conseguía atravesar la puerta.A esas experiencias las llama sus “monólogos de mis historias de gorda”. Cuando mira las fotos de aquella época, los sentimientos se mezclan: le duele recordar lo que vivió, pero también siente orgullo por lo que consiguió. “Me miro en fotos y me genera hasta angustia ver cómo me destruía, seguido de orgullo de ver lo que logré sin siquiera creer que podría”, cuenta.Uno de los episodios más difíciles llegó después del nacimiento de su hijo menor. Mariana cuenta que tanto ella como el bebé atravesaron una situación límite y que pasaron meses antes de que ambos pudieran volver a casa. Con su salud cada vez más comprometida, sintió que necesitaba encontrar una salida.La posibilidad de someterse a un bypass gástrico ya había aparecido otras veces. En tres oportunidades había llegado a tener fecha de cirugía, pero finalmente desistía por miedo. Esta vez se prometió que sería diferente. Sin embargo, cuando llegó el día, la angustia volvió a aparecer: ya en la mesa de operaciones, comenzó a llorar y su presión arterial subió. El equipo médico evaluó suspender la intervención si no conseguía tranquilizarse.Mariana sentía que volvía a perder contra sus propios temores. Finalmente logró calmarse y la operación se realizó. “Salís del quirófano igual de gorda, pero ¿cómo explicarte en kilos de alivio?”, recuerda sobre lo que sintió después.El bypass, realizado hace aproximadamente siete años, fue el comienzo de una nueva etapa. La cirugía se convirtió en una herramienta fundamental, pero el proceso no terminó al salir del hospital: todavía quedaban muchos cambios por atravesar.Después de bajar tanto de peso, Mariana tuvo que afrontar otra etapa: las cirugías reparadoras. El 30 de mayo de 2026 se sometió a una intervención que incluyó una abdominoplastia con técnica Flor de Lis, la reparación de una hernia umbilical, un injerto de grasa propia en los glúteos y una reconstrucción de la zona íntima por los excedentes de piel y tejido. La operación duró ocho horas y le retiraron aproximadamente seis kilos de piel del abdomen.La recuperación no fue sencilla. Tuvo complicaciones en la cicatrización, especialmente en la zona del ombligo y las ingles, y necesitó curaciones y controles médicos durante meses. Todavía sigue recuperándose, pero asegura que hoy se siente feliz con el camino recorrido.Actualmente pesa alrededor de 68 kilos. Sin embargo, adaptarse a su nueva imagen también lleva tiempo. “Me miro al espejo y no paro de verme superpuesta la imagen que por años me daba el espejo antes de mi primera reparadora”, cuenta. La transformación no consiste solamente en lo que refleja la balanza, sino también en aprender a reconocerse después de tantos años.Mariana sabe que su experiencia no representa un camino único. En su caso, la cirugía bariátrica fue una herramienta fundamental, pero también tuvo que aprender a sostener un proceso que llevó años. A quienes atraviesan una situación similar, les pide que no pierdan la esperanza. “No aumentamos 100 kilos en un mes ni tampoco los bajaremos en un mes”, reflexiona. Y agrega: “Pedir ayuda no es fracasar”.En las redes sociales recibe mensajes de personas que le preguntan cómo hizo para cambiar y por dónde empezar. Le emociona el cariño de quienes la acompañan desde que pesaba 180 kilos y de quienes descubren su historia por primera vez. “Si mi historia logra darle esperanza a una sola persona que hoy siente que no puede salir adelante, para mí ya habrá valido la pena contarla”, dice.A los 42 años, Mariana mira hacia atrás con angustia por algunas de las experiencias que atravesó, pero también con orgullo por lo que consiguió. No pretende mostrar una transformación perfecta ni considera que su historia haya terminado. Todavía tiene etapas por recorrer, recuperaciones y cambios que asimilar. La diferencia es que hoy siente que puede seguir adelante.Porque, como ella misma dice, todavía está a mitad de camino. Pero esta vez, hacia adelante.
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