La lealtad es una cuestión de tiempo: nace de la previsión de que seguiremos teniendo intereses comunes en un futuro más o menos lejano, así que nos conviene honrar nuestros acuerdos mientras tanto, alinearnos detrás de los objetivos que compartimos y respetar las reglas a las que nos hemos sometido, para cooperar. Eso nos vuelve jugadores leales y miembros valiosos de un grupo.Pero en ausencia de esas previsiones sobre lo que vendrá, es lógico que, salvo los altruistas y sacrificados, los demás miembros de un grupo se comporten de manera opuesta, deslealmente.Leé también: La política migratoria de Milei, bajo la lupaDe allí que en un país tan marcado por la inestabilidad como el nuestro la lealtad en general escasee. Incluso entre quienes dicen hacer un culto de esa virtud, en los partidos, incluido el peronismo.Algo que ya había advertido Jorge Luis Borges en los albores de ese movimiento: “un peronista es alguien que simula ser peronista para su ventaja personal” decía de los seguidores del general, dando a entender que en ausencia de retribuciones inmediatas la proclamada lealtad al líder, a las veinte verdades y a las demás señas de identidad tendería a desaparecer. Lo que efectivamente sucedió en muchas ocasiones.De allí que los propios peronistas se tomaran en joda su “lealtad”: el chiste de que la celebran un día en el año para poder traicionarla los otros 364 no lo inventaron sus enemigos (la inmortalizó Eduardo Duhalde, pero tiene una historia más larga).Y aun así, el peronismo sobrellevó mejor que sus adversarios todas o casi todas las crisis que signaron los últimos setenta u ochenta años de nuestra historia. ¿Por qué Borges estaba equivocado? Seguramente no: fue porque sus instituciones y reglas (sindicales, económicas y electorales), y su enraizamiento en el Estado, resultaron increíblemente resistentes frente a las alternativas.Al respecto no ha habido nada de la mentada “inestabilidad de reglas”, ni péndulo alguno, sino la persistencia contra viento y marea de un único régimen de poder, político y económico. Y uno muy peculiar, porque no ha estado orientado a resolver la inestabilidad, sino a reproducirla y sacar provecho de ella, ofreciendo ventajas selectivas.¿Algo de eso está cambiando? A juzgar por el debilitamiento electoral, cultural y sindical del peronismo, y su pérdida de control de áreas importantes del Estado, pareciera que sí. Y la reacción lógica es la que preveía Borges: la lealtad peronista escasea más que nunca.Cristina y el camporismo atribuyen esta carencia al oportunismo del resto de los dirigentes, a su ingratitud. Y en particular señalan a los gobernadores, bien porque tienen su propio proyecto nacional, como Kicillof, bien porque no quieren tener ninguno y se acomodan al que por ahora impone Milei.Cosecharás tu siembra, podrían retrucarle los acusados: los K nunca permitieron que nadie mínimamente autónomo floreciera a su sombra, y forzaron a los líderes territoriales a practicar el más extremo localismo, del que se aprovecha ahora el libertario; así que no tienen de qué quejarse.La palidez y dispersión que han caracterizado las últimas celebraciones del 17 de octubre, incluso cuando el PJ todavía estaba en el poder, fundamentan esas réplicas. Y que este año la situación no sea distinta, si no todavía peor, no habla muy bien de la capacidad de conducción de la ex presidenta y su gente.Visto que sus apuestas de los últimos tiempos han sido tratar de burlar la ley y que ella sea candidata, y promover una fantasiosa proliferación de postulaciones (Zamora, Uñac y la última, la risible fórmula Massa-Máximo), con la exclusiva finalidad de demorar el reconocimiento de Kicillof como candidato inevitable, es muy comprensible que nadie más que los muy fieles hayan estado interesados en pasar el 17 a su lado. Y también que el grueso de los líderes distritales se estén dedicando a su metro cuadrado, y no salieran de sus jurisdicciones en esa fecha.La única esperanza que le viene quedando al peronismo nacional, en ese contexto, sigue siendo la que riegan los K desde diciembre de 2023: que Milei dure lo menos posible. Que la inestabilidad se lo devore. Y el eterno administrador de esa persistente desgracia vuelva a ser llamado a hacer lo que hace mejor que nadie.De allí el entusiasmo con que los políticos y comunicadores del kirchnerismo se han lanzado a anunciar una “inminente recesión” y una “creciente deslegitimación democrática”. Para que todos compartamos sus fracasos.Leé también: Milei se rinde ante el fervor nacionalista, para alarma de los pocos liberales que lo resistenEstas dos profecías, que sus propaladores esperan sean autocumplidas, se necesitan entre sí: si el crecimiento declinante de la economía se convirtiera en decrecimiento de acá al inicio de la campaña electoral, el Gobierno ya no tendría chance de recomponer su mayoría en la opinión pública, y esto reforzaría el argumento de que padecemos un “déficit de legitimidad”, un “agujero negro” lo llamó Carlos Pagni, porque no se puede votar a quien la mayoría de los opositores, que son a su vez la mayoría de los argentinos, quisieran votar, CFK, supuestamente la única que puede, y debe, ganarle a Milei.Así, la primera profecía llevará a la segunda, esperan, en un círculo vicioso opuesto al virtuoso (claro que esto de vicioso o virtuoso depende del cristal con que cada uno lo mire) que quiso instalar el oficialismo a principios de este año: que el crecimiento se iba a consolidar y con él la mayoría oficialista camino a un 2027 sin mayores incertidumbres.Con lo que entramos al otro terreno en que la lealtad se está resquebrajando: el de la alianza legislativa que mantiene en pie al Gobierno y su plan de estabilización.La última muestra de este resquebrajamiento fue lo cerca que estuvo la oposición de concretar el jueves pasado la sesión especial de Diputados para voltear el decreto 70/23, mientras “el pueblo se manifestaba en la calle”.En la calle finalmente tanta gente no había, y la que hubo, piedrazos de por medio, no sirvió mucho para legitimar la apuesta por desmantelar el plan de estabilización; pero igual el kirchnerismo se las ingenió para reunir 121 voluntades, 24 más que los propios y los que siempre le aporta el trotskismo, y a solo ocho escaños del quórum. Y esto porque unos cuantos gobernadores dejaron hacer, incluso algunos que suelen negociar apoyos para proyectos del oficialismo.¿Por qué esta vez quisieron ponerlo al borde del abismo, y tal vez hasta estuvieron inclinados a empujarlo un poquito más allá?Deben haber influido, en dosis variables, el maltrato permanente a que este los somete, la caída de las transferencias a las provincias, y también la impopularidad que se han ganado las políticas hacia las universidades, la compra de tierras por extranjeros y otros asuntos últimamente muy candentes.Pero por sobre todas las cosas pesa ver al oficialismo débil en las encuestas, y necesitado de apoyo para aprobar varios proyectos para él esenciales: Presupuesto, suspensión de las PASO, super-RIGI y reforma de la Carta Orgánica del BCRA.Frente a un escenario económico y político más incierto que el de comienzos de este año, aumentan el precio de la cooperación, y esperan que sea el presidente quien pague el costo, porque es finalmente el primer interesado en asegurar que la inestabilidad no siga incrementándose, lo que haría que a su vez el precio de la colaboración vuelva a trepar, y así sucesivamente.Juego que tiene también una manifestación electoral, que complica aún más los acuerdos en danza entre nación y provincias.Como casi todos los distritos ya han decidido o tienen en trámite el adelantamiento de sus comicios para gobernador y legisladores, se ha generado un abismo temporal que dificulta haya algo parecido a la lealtad entre sus administraciones y el gobierno nacional: este ofrece abstenerse de complicar la continuidad de sus oficialismos, a cambio de que ellos hagan lo mismo con la reelección de Milei, pero como la gran mayoría de los gobernadores podrán asegurarse esa continuidad ya en la primera mitad de 2027, unos y otros saben que a continuación estos van a tener las manos libres para cumplir o no cumplir su parte, según les convenga; y por tanto volver a elevar el precio de su colaboración; en otras palabras, volver a cobrarse su apoyo, o bien su indiferencia, por ventanilla, y retirarse sin problemas de la mesa de acuerdos en caso de un declive ya imparable del gobierno.Y aunque en el Ejecutivo nacional despotrican contra la especulación extorsiva que practican a costa de él los gobernadores, saben muy bien que el problema que enfrentan a este respecto es mucho más amplio, e involucra a la mayoría de los dirigentes y representantes que llaman “propios”, pero lo son solo circunstancialmente.Porque, parafraseando a Borges, ser mileista es también algo que se “simula para sacar ventajas ocasionales”. ¿Cuántos, más allá del triángulo de hierro, se mantendrán leales a la causa en cualquier tiempo y circunstancia? Difícil decirlo, pero parece que son bastante pocos, ahora que ya no están ni Adorni ni Espert.¿Tiene alguna solución a mano Milei para combatir esta precariedad? Hasta ahora ha intentado una sin suerte, mucha menos suerte al menos que la que tuvo Perón: crear una identidad con base en su militancia más entusiasta, por medio de la distribución entre sus miembros de cargos y oportunidades, y de las “batallas culturales” que la abroquelan.Leé también: La lista de los peronistas que votarían antes a Milei que a KicillofY el problema es que tiene impedido recurrir al otro instrumento que el astuto coronel utilizó también con mucho éxito, tanto desde el poder como fuera de él: administrar la inestabilidad reinante.Porque, finalmente, lo único que le da algún sentido al mileismo es terminar con ella.
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