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Saqueos en París, Myriam Bregman y la excusa de que “fueron los servicios”

“Son los servicios”, dicen en el PTS, el PO y otras organizaciones afines cada vez que se tiran piedras e incendian negocios en sus movilizaciones. Sin embargo, acaban de emitir entusiastas comunicados de adhesión a los destrozos practicados por sus contrapartes europeas, celebrando que allí “el pueblo se esté por fin liberando de sus opresores”. ¿En qué quedamos?

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Probablemente solo dos tipos de personas festejaron los saqueos, los choques violentos y los miles de heridos y detenidos en París, y sus réplicas en otras grandes ciudades europeas: la derecha dura de esos países, empezando por Marine Le Pen en Francia y Roberto Vannacci en Italia, dos ultras que tienen ahora más chances de desplazar a los gobiernos de derecha moderada que fueron incapaces de evitar el caos; y las izquierdas igualmente duras, que creen ver en esas revueltas el inicio de una revolución social. Aunque desde lejos, y tal vez no tan de afuera, quien más festejó sin duda fue Vladimir Putin, que espera beneficiarse del auge de ambos extremismos, igualmente contrarios a seguir ayudando a Ucrania y favorables a reconciliarse con Rusia. Para el autócrata de Moscú, contra lo que piensa Santiago Caputo, el caballo de Troya que más va a ayudar a debilitar a las democracias occidentales son los líderes de ultraderecha, émulos de lo que ya viene haciendo con gran eficacia Donald Trump en EE.UU., no los inmigrantes musulmanes. El mileísmo, que comparte la islamofobia y el antizquierdismo de Le Pen, Vannacci, Vox y Reform UK, pero no su rusofilia, debería tomar nota de este problema.Pero más que en esa contradicción queremos centrarnos aquí en otra, que quedó bien a la luz a raíz de los trágicos episodios de violencia de estos días: la de las muestras de apoyo a las protestas violentas provenientes de nuestra izquierda trotskista. Que venía de fogonear una manifestación que también derivó en hechos de violencia en el centro de Buenos Aires, afortunadamente con mucho menos alcance, probablemente por la poca masividad de la convocatoria y la nutrida seguridad que rodeó el Congreso, y debe haber imaginado que si las cosas siguen así en Europa tal vez la próxima vez ellos puedan replicarlo aquí, contra Javier Milei y todo lo que él representa.Lo peculiar del caso, y que vuelve todo el episodio un poco risible, a la vez que indignante, fue que los trotskistas locales celebraron los saqueos, las molotovs, los piedrazos y el incendio de edificios públicos en París, Milán y Bruselas, consideraron todo eso como sanas muestras de rebeldía. Pero al referirse a los piedrazos en la Plaza de los Dos Congresos apelaron a una excusa ya conocida: los atribuyeron a “infiltrados y servicios”. Pese a que se podía ver en todas las filmaciones que los que tiraban piedras e incendiaban equipamiento urbano se movían con amplia libertad por las columnas de los partidos de izquierda radical y sus organizaciones periféricas.Leé más: Marcha Federal Universitaria: manifestantes tiraron piedras contra la policía y al menos diez efectivos resultaron heridosLas dudas al respecto, si podía haberlas, las despejó Myriam Bregman, una estrella en ascenso en el progresismo, que algunos consideran un necesario y sano “contrapeso” para frenar al mileísmo, al escribir lo siguiente en sus redes durante el fin de semana:“Sin perfume francés, pero con el mejor aroma de mayo del 68. Los gobiernos europeos están aplicando recortes y ajustes presupuestarios para destinar cada vez más recursos al rearme… En países como Francia, la concentración extrema de la riqueza avanza…. esos mismos señores quieren enviar a la guerra a los hijos de la clase trabajadora… Las imágenes de movilizaciones estudiantiles masivas llenan las calles, tienden a converger con los trabajadores y muestran a una juventud que lucha por su futuro, que se niega a ser utilizada como carne de cañón y que exige que la educación sea una prioridad frente a los presupuestos destinados a la guerra y a la industria armamentística”.“La felicidad está en las calles. La felicidad está en la lucha de clases, porque es la única que puede abrir camino. Ver a jóvenes —mujeres y hombres— rebelarse contra la austeridad y la guerra, luchando por su futuro... eso sí que es un regalo para las madres en su día”. Putin y Le Pen no podrían pedirle más. Gabriel Solano, del PO, se manifestó en la misma línea y días atrás había pedido “repetir en Argentina” lo que sucedía en París, aunque en general se mantuvo más apegado a los reclamos puramente económicos de las protestas. Y tal vez por eso fue que logró muchos menos likes que Bregman. ¿Qué sentido tiene que se celebre a la turba destructiva de París y Milán a la vez que se reclama inocencia por los piedrazos en Buenos Aires? ¿No tendría más sentido que Bregman y compañía sean mínimamente consecuentes, y reconozcan que hacen aquí lo que les place ver que otros como ellos hagan en las capitales europeas, porque entienden que en ambos casos “la felicidad” y la revolución nacen de la “lucha de clases” y esa lucha se practica con esas armas?Leé más: Financiamiento universitario: la Justicia suspendió provisoriamente las multas diarias de $100.000 al GobiernoEl problema parece provenir de la estrategia ambivalente con que Bregman pretende sacar la máxima ventaja posible de las actuales circunstancias: quiere jugar tanto con las reglas del sistema como con las de su destrucción, ser la “defensora de la democracia y los derechos ciudadanos amenazados por Milei” a la vez que la pasionaria de la revolución que propaga el incendio para parir un nuevo orden social; y para lograrlo tiene que hacer lo mismo que han hecho muchos otros revolucionarios a lo largo de la historia, incluidos los populistas radicalizados del peronismo en el pasado y la izquierda kirchnerista en años recientes, jugar al policía bueno y el policía malo al mismo tiempo, para ganarse a moderados que se sienten amenazados por el gobierno de turno, sin perder el pulso sobre los militantes convencidos que quieren ver el mundo arder.En realidad, entonces, nada de qué asombrarse. Tan poco para asombrarse que seguramente Santiago Caputo se ahorró unos cuantos viáticos y se abstuvo de mandar muchos agentes camuflados a la marcha: debió saber que el trotskismo y sus adláteres iban a hacer lo de siempre sin que nadie los incentivara.En cambio lo que sí asombra es la facilidad con que todos los compañeros de ruta de Bregman en estas protestas, más allá de las diferencias que mantengan con ella, se plegaron a sus explicaciones sobre los hechos de violencia. Y replicaron que su origen había que buscarlo en “los servicios”, los “infiltrados”, y la “provocación de las fuerzas de seguridad”.Algo en lo que participó incluso la UBA, a través de su vicerrector: si bien Emiliano Yacobitti repudió los hechos de violencia, reclamó que se “identifique a quienes los provocaron”, abonando la teoría conspirativa de que había una mano negra detrás, denunció el carácter supuestamente “desmedido de la represión” y aclaró que “lo que acá no puede pasar es que digan que los universitarios son violentos”, siendo que el problema nace indudablemente de sectores que se mueven muy cómodamente en las aguas de la militancia universitaria, y que Yacobitti conoce perfectamente. Más o menos la misma ceguera que practicaron los socialistas franceses cuando los Chalecos Amarillos empezaron a volver loco a Emmanuel Macron, en 2018, pensando que podían sacar ventaja de su ruina. ¿Alguien se acuerda hoy del progresismo moderado y democrático, europeísta e integrador, que solían encarnar los socialistas franceses? Sus émulos locales deberían haber aprendido la lección.

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