Antonio Grimau, cuya muerte se conoció en las últimas horas y recién empieza a doler, construyó su historia mucho antes de convertirse en uno de los galanes más reconocidos de la televisión argentina. Antes de los aplausos, de las telenovelas que marcaron a una generación y del Martín Fierro que coronó su interpretación en Sandro, la serie, hubo un chico que perdió a casi toda su familia en cuestión de meses, que tuvo que salir a trabajar cuando todavía no había cumplido los 13 años y que aprendió, a fuerza de golpes, a encontrar la manera de seguir adelante. La vida lo obligó a crecer demasiado pronto, a probar oficios que poco tenían que ver con el mundo artístico y a esconder detrás de una personalidad introvertida una tragedia que durante años le costó poner en palabras. Hasta que apareció el teatro. Y con él, una posibilidad de transformar en personajes, emociones y escenas todo aquello que durante tanto tiempo había guardado en silencio. Nacido como Antonio Rebolini, en Remedios de Escalada, el actor nunca olvidó sus orígenes ni el esfuerzo que implicó abrirse camino en una profesión en la que los sueños no siempre encuentran una puerta abierta. Sus padres, oriundos de 25 de Mayo, habían construido una familia sencilla: su padre trabajaba como carnicero y su madre era ama de casa. La infancia transcurría con la familiaridad de un hogar que parecía ofrecer las certezas necesarias para crecer. Pero esa estabilidad se derrumbó de manera brutal cuando Antonio todavía era un chico. Antes de cumplir los 13 años, una sucesión de enfermedades terminó con la vida de su padre y de dos de sus hermanos en apenas siete meses. Poco después, su madre también murió, vencida por la tristeza. Fue entonces que su hermano mayor, Rolando, asumió la responsabilidad de hacerse cargo de él y de sostener lo que quedaba de aquella familia. Para Antonio, en cambio, comenzó una etapa en la que tuvo que aprender a sobrevivir mientras todavía intentaba comprender lo que había sucedido. Durante años, el dolor permaneció encerrado en un lugar al que pocos podían acceder. No encontraba las palabras para explicarlo y tampoco sabía cómo compartir una historia que sentía demasiado pesada para ponerla en voz alta. En ese silencio se fue formando una personalidad reservada, aunque también una sensibilidad que, con el tiempo, encontraría en la actuación una manera de expresarse. Pero antes de descubrir que podía hacer de aquella sensibilidad un oficio, Grimau conoció el peso concreto de ganarse el pan. Su adolescencia estuvo atravesada por trabajos que aceptó porque había que salir adelante, sin demasiado margen para preguntarse qué quería hacer con su vida. No había lugar para la espera ni para las contemplaciones: había que trabajar, aprender y seguir buscando. Todavía no había alcanzado la mayoría de edad cuando consiguió empleo como vendedor de artículos de bazar en Lanús. Después llegó una fábrica de pastas, donde tuvo que aprender una tarea artesanal: moldear los fideos largos, darles una forma de ese y colgarlos para que se secaran. La experiencia duró seis meses, marcada por los dolores de cabeza y un ambiente que describió como insano, en el que respiraba carbón. Cuando las condiciones se volvieron difíciles de soportar, buscó otro destino laboral y llegó a una fábrica de Barracas. También trabajó en una fábrica de zapatos. Al principio, su tarea consistía en sacar clavos; después, consiguió ascender a una función que exigía limpiar el calzado con cepillos. Más adelante fue peón de obra, trabajó con brea líquida y cargó materiales de diez kilos. La lista de empleos se completó con changas como vendedor de champú y pintor de brocha gorda. Cada experiencia representaba una nueva forma de aprender a defenderse en un mundo que no le había ofrecido demasiadas facilidades. Con los años, aquella sucesión de trabajos dejó de ser solamente el recuerdo de una juventud sacrificada. Grimau pudo encontrar en ella una experiencia que lo había preparado para comprender a las personas y sus circunstancias. La actuación apareció después de ese recorrido, no como una solución mágica a sus problemas, sino como un territorio en el que podía empezar a construir algo propio. Sus primeros pasos profesionales los dio bajo el apellido Rebolini, el nombre con el que había nacido y con el que comenzó a presentarse en el ambiente artístico. El primer teatro que pisó fue el Charles Chaplin. Allí descubrió una experiencia que dejaría una marca definitiva en su identidad: escuchó una canción relacionada con el asesinato de Julián Grimau, un militante comunista español, y decidió adoptar ese apellido artístico. También pesaban los recuerdos de la escuela primaria, donde había sufrido las burlas que despertaba su apellido original. Con el tiempo, aquella elección se convirtió en una de las decisiones que más revisó de su historia personal. “Me arrepentí y me arrepiento del apellido postizo, artístico. Le hubiera hecho un buen homenaje a mi viejo”, confesó. Detrás de esa reflexión había una forma de reconciliarse con sus raíces, con el hombre que le había dado su apellido y con una identidad familiar que la tragedia había dejado incompleta. La llegada a la televisión tampoco fue inmediata. Durante dos años dejó fotografías en distintos canales sin conseguir la oportunidad que esperaba. Vivía a dos cuadras de Canal 13 y persistía en la búsqueda, aunque el reconocimiento todavía parecía lejano. Hasta que Hugo Moser lo convocó para una prueba de cámara destinada a una nueva tira, Un cachito de vida. La consigna era sencilla: debía mostrarse de frente, transmitir alegría y después cambiar el registro para expresar tristeza de perfil. La prueba funcionó y, por primera vez, recibió un sueldo importante gracias a su trabajo como actor. Aquel primer contrato también dejó una anécdota que retrata las dificultades económicas de sus comienzos. Moser advirtió que el joven llegaba siempre con la misma camisa y le hizo notar que necesitaba cambiarse de ropa. Grimau no tenía otra camisa ni otro jean para alternar. El productor, entonces, le extendió un cheque para que pudiera comprarse prendas nuevas. No era solamente una ayuda material: era un gesto de alguien que había advertido la precariedad de aquel muchacho que buscaba abrirse paso en la televisión. La profesión empezó a ofrecerle, poco a poco, un lugar. Grimau dejó de ser el joven que golpeaba puertas para convertirse en un actor al que los productores podían convocar. Pero el verdadero cambio no llegó únicamente con los contratos, sino con la posibilidad de ampliar sus registros. Durante un tiempo fue identificado como el galán de Canal 9, una figura que respondía al molde romántico de la televisión de aquellos años. Su presencia y su perfil lo convirtieron en uno de los rostros reconocibles de las ficciones argentinas, aunque él no quería quedar encerrado en una sola clase de personaje. El teatro le ofreció la oportunidad de demostrarlo. Los invertidos, la obra de José González Castillo dirigida por Alberto Ure, fue uno de los trabajos decisivos de su carrera. A partir de aquella experiencia comenzaron a considerarlo para papeles diferentes, alejados de la imagen del galán que hasta entonces había definido buena parte de su trayectoria. La posibilidad de explorar otras facetas interpretativas significó un punto de inflexión: ya no se trataba solamente de sostener una imagen atractiva frente a las cámaras, sino de construir personajes complejos y asumir desafíos que exigían una transformación más profunda. La televisión, entretanto, le había dado un lugar en la memoria popular. Participó en ficciones como Alta comedia, Rolando Rivas, taxista y Dos a quererse, producciones que acompañaron a distintas generaciones de espectadores. Sin embargo, el gran salto de popularidad llegó con Trampa para un soñador, la telenovela que protagonizó junto a Cristina Alberó y que terminó de consolidarlo como una figura central del género romántico. En esos años, Grimau fue uno de los galanes que alimentaron las fantasías de una audiencia acostumbrada a seguir historias de amor, desencuentros y segundas oportunidades. La pantalla lo convirtió en un rostro familiar y su carrera comenzó a adquirir una dimensión que contrastaba con la precariedad de aquellos primeros trabajos. El muchacho que había pasado por fábricas, obras en construcción y changas conseguía vivir de aquello que había elegido, aunque nunca olvidó que el camino había exigido sacrificios. Una enseñanza que recibió de Juan Carlos Gené lo acompañó durante buena parte de su recorrido profesional. “Lo innoble sería que vivieran de otro oficio. La prioridad es el trabajo como actor”, recordaba sobre aquellas palabras que lo habían marcado. La frase resumía una convicción que mantuvo incluso cuando las oportunidades no siempre respondían a sus expectativas. El oficio le regaló, además, encuentros que difícilmente hubiera imaginado cuando recorría los canales con sus fotografías bajo el brazo. En 1975, durante el rodaje de Los orilleros, de Ricardo Luna, conoció a Jorge Luis Borges. También tuvo la oportunidad de compartir una cena y disfrutar de un recital privado de Joan Manuel Serrat. Eran experiencias que trascendían la fama y que ampliaban el universo de un actor que había aprendido a mirar la vida desde lugares muy diferentes. Entre los vínculos más importantes que construyó en el ambiente artístico estuvieron los que mantuvo con Arturo Puig y Selva Alemán. Más que compañeros de profesión, se convirtieron en amigos inseparables, parte de una trama afectiva que lo acompañó durante años. Para alguien que había perdido a casi toda su familia cuando todavía era un chico, esas relaciones tenían un valor especial: eran la demostración de que también era posible construir lazos duraderos después de haber conocido la pérdida. Pero cuando creyó que estaba curtido para los golpes, la vida volvería a colocarlo frente a un dolor para el que no existía preparación posible. En febrero de 2010, su hijo Lucas Rebolini Manso, fruto de su relación con la actriz Leonor Manso, murió a los 36 años, después de un episodio que tuvo lugar en la Ciudad de Buenos Aires y que dio origen a una investigación judicial. Su fallecimiento dejó una herida profunda en ambos y estuvo rodeada de interrogantes sobre las circunstancias de su atención médica y lo sucedido durante las horas previas a su fallecimiento. Todo comenzó durante la madrugada del 6 de febrero de 2010, cuando Lucas ingresó a la guardia del Hospital Fernández con un cuadro de agitación psicomotriz asociado al consumo de cocaína, según la reconstrucción del caso. Permaneció alrededor de quince minutos en la sala de espera y luego logró salir del establecimiento sin ropa. Poco después fue encontrado en la esquina de Salguero y Castex, en el barrio porteño de Palermo. En el operativo intervinieron efectivos de la comisaría 53 y una ambulancia del SAME, que participaron de su recaptura y traslado. Cuatro días después, el 10 de febrero, Lucas murió en el mismo hospital. Las circunstancias del episodio y las dudas sobre lo ocurrido desde su ingreso motivaron una investigación judicial destinada a reconstruir la atención recibida y las horas que precedieron a su muerte. Para sus padres, sin embargo, ninguna explicación podía reparar la ausencia de un hijo. La investigación podía intentar establecer qué había sucedido, pero no había respuesta capaz de devolverles a Lucas. Grimau sintió que la tragedia que había marcado su infancia regresaba de otra manera, con la pérdida de un hijo adulto y una experiencia que ningún padre debería atravesar. Si de chico había aprendido a esconder el dolor para poder continuar, ahora debía encontrar la forma de seguir viviendo después de una ausencia que alteraba para siempre su mundo. Una vez más, el teatro apareció como un lugar de sostén. No porque pudiera borrar lo sucedido ni porque el trabajo ofreciera una salida sencilla, sino porque le permitía sostener una rutina, encontrar una razón para levantarse y continuar en contacto con aquello que había elegido como vocación. La actuación, que en su juventud había funcionado como refugio frente a una tragedia familiar, volvía a acompañarlo en uno de los momentos más difíciles de su vida. Grimau nunca dejó de trabajar. Su trayectoria atravesó décadas de cambios en la televisión, el teatro y el cine, y su capacidad para adaptarse a distintas generaciones de ficciones le permitió mantenerse vigente. El galán que había enamorado a los espectadores encontró, con la madurez, nuevas posibilidades para explorar su oficio. El paso del tiempo, lejos de quitarle herramientas, le ofreció una experiencia que terminaría por enriquecer sus interpretaciones. La consagración llegó en 2018, cuando obtuvo el premio Martín Fierro por su actuación en Sandro, la serie. En la producción, que reconstruía la vida del cantante Roberto Sánchez, Grimau interpretó al Sandro de los últimos años, el artista curtido por la experiencia, dueño de una historia de éxitos, excesos, amores y sueños cumplidos, pero también atravesado por el deterioro físico que le provocó el enfisema pulmonar crónico. Era un personaje que exigía algo más que una caracterización exterior. Para darle vida a ese Sandro maduro, el actor debió transmitir el peso de los años, la intimidad de un hombre que había conocido la adoración popular y las marcas que deja una existencia vivida intensamente. Su interpretación fue reconocida con el Martín Fierro, un premio que representó uno de los momentos más importantes de su carrera y que llegó después de décadas de trabajo, aprendizaje y persistencia. Aquel galardón también funcionó como una forma de reconocimiento a una trayectoria que había atravesado distintos registros, desde el galán romántico hasta los personajes dramáticos de mayor complejidad. No era solamente el premio por una interpretación destacada: era la consagración de un actor que había sabido reinventarse, superar las limitaciones que le imponía la industria y demostrar que detrás de una imagen televisiva había una formación construida a fuerza de experiencias. De Rebolini a Grimau, del muchacho que buscaba una oportunidad al actor consagrado, del fanático de Huracán y amigo incondicional de sus amigos, su recorrido fue el de alguien que aprendió a seguir adelante sin que eso significara olvidar. La actuación le dio un oficio, una identidad pública y un lugar desde el cual contar otras vidas. La experiencia le dejó, además, una certeza: incluso cuando el dolor no desaparece, es posible encontrar una manera de convivir con él. Y en ese camino, entre los personajes que encarnó y los afectos que conservó, Antonio Grimau escribió una de esas historias en las que la vocación, la memoria y la resistencia terminan formando parte de una misma vida.




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